Aquí sólo se escucha rock.
Y nuestra música mientras menos latina, mejor. Sería equivocarse el pensar que los ritmos tropicales, plagados de vientos metálicos y percusiones cardíacas puedan jamás incitar alguna reacción distinta al inmediato repudio en estos oídos. A pesar de la calidad de las letras o la atención al detalle en la composición; si nuestros padres pueden entender y disfrutar la canción, nosotros no la queremos.
Porque escuchar rock inglés, gringo o islandés nos hace mejores personas. Fitter, happier, more productive. Somos más interesantes por la gracia de la lengua de Shakespeare, preferiblemente silenciada por algún prodigio del garrote tocando batería a cientos de revoluciones por minuto. Poco importa que no entendamos las torpes rimas o que al cantar los coros parezcamos Tourettes en franca crisis. Todo esto sin mencionar el afán por encontrar siempre el más reciente género y el obligatorio grupo extraño que lo representa; nuestra eterna y homogenizadora carrera por ser diferentes.
Salsa, merengue y cumbia. ¡Lo que escuchan en El Pueblo, por Patton! Jamás música tan corriente merecería estar en nuestros iPods, a la vista de los amigos. Amigos que al igual que nosotros tienen escondidos en su computadora un disco de Juan Luis Guerra, una lista cuidadosamente seleccionada de salsas de los noventas y hasta un par de cumbias “para oír el fin de año”. Porque el peor tabú del progro barbudo es gustar de Jerry Rivera. Y que jamás se sepa que la admiradora número uno de Billy Corgan corea con igual intensidad las canciones de Eddie Santiago. Pero ambos en el colegio, en la playa o en alguna atípica fiesta se atrevieron a levantarse y menear su rockero trasero al compás de un timbal y la pasaron bien. Quizás mejor de lo que les gustaría admitirlo.
Porque la cultura y la genética no se pueden negar fácilmente. Siendo sinceros, no han sido pocas las ocasiones en las que hubiéramos querido ser la mitad de esa pareja que baila sin cesar en el centro de la pista. Es cierto, los metaleros y las nenas con las uñas pintadas de negro somos los que más atención prestan a los bailarines y detrás de los torpes comentarios despectivos que hacemos todos sabemos que lo que existe es simple y pura envidia. En realidad nos gustaría estar ahí, bailando con aquella muchacha del otro lado del salón.
Es un poco patético, pero después de todo tenemos que admitir que nuestra música “para gente con alto nivel cultural” no sirve para un carajo a la hora de socializar. A nadie impresionamos con nuestro extenso conocimiento sobre la discografía de Pink Floyd; caso diametralmente opuesto a aquel “payaso” que fue el más popular del matrimonio de su prima a fuerza de giros y piernas veloces.
Como si fuera una adicción, justificamos nuestras cabezas cerradas con la misma firmeza con la que criticamos a los que bailan y la pasan tan bien. Huimos tontamente de los güiros, de amigos por conocer, de sudores compartidos y de una de las mejores formas de socializar. ¿Debemos acaso una loca mansedumbre al rock, que no nos deja escuchar nada más?
La salsa, el merengue y la cumbia. Santa trinidad del baile y fuerza creadora de todas las fiestas que se respetan. No las queremos aquí, porque aquí no se baila. Para nuestra desdicha.

























Y es que uno por criticon cuando se manda a la pista(cada muerte de obispo) siente que todo lo mundo lo ve y critica la manera de bailar...por eso no lo hago. 

















