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Creía que mi padre era Dios

Tengo veintisiete años. Es martes. Son las tres pe eme. Estoy afuera de un edificio público esperando al hombre que alguna vez pude llamar padre. 

Voy a conocerlo por primera vez. También esa será la última que lo veré. Soy grande, es decir, soy un adulto, legalmente mayor, digamos. Lo voy a conocer por voluntad propia. Miles de cosas pasan por mi mente. Cada hombre que veo pasar imagino que es mi padre. Veo las facciones de sus rostros buscando vincular las mías. Todos pueden ser mi padre, o bien ninguno. Esto no es teoría, no es política, ni psicología. Esto es la realidad. Soy un hombre de veintisiete años que busca a su padre porque su masculinidad está fracturada. Recién descubro el patriarcado (no en la teoría, sino en la práctica). Por primera vez en mi vida entiendo los privilegios que como hombre me da la sociedad, y la sociedad no solo son sus personas, son sus leyes. Tengo un hijo y me da miedo pensar si algo de mis problemas se lo he heredado. O si los problemas que ya trae lo pueden marcar como me marcaron a mí, como marcaron a su madre, como suelen marcar a una familia. Y los dos, sus padres, venimos de historias violentas aterradoras. Y si fui criado por mujeres ello nunca fue un alivio. El género no es un factor biológico que se resuelva con cantidades iguales, es un factor social. El odio, la ira, son propios de una condición, que claro, se puede incrementar según la condición social, el núcleo familiar. Y aquí estoy yo esperando a mi padre, le voy a dar una imagen al fantasma de cada día del padre, de cada navidad, de cada cumpleaños. No lo diré, pero pensaré en esa palabra que me enseñó a pronunciar mi hijo: papá.

Cada Día del Padre lo recuerdo con dolor y vergüenza en mi infancia. De pequeño, la buena voluntad nos lleva por el calvario hasta el infierno. Y la escuela era la barca donde Caronte pedía mi moneda paterna para cruzar el mar de la sociedad y siempre estaba con las bolsas del pantalón vacías y la vergüenza me bañaba, así la barca zarpaba y yo estaba solo en la orilla. ¿Quién es mi padre? Y mi madre, en su afán por remediar algo que tampoco sabía qué era, ponía a Cristo a asumir esa paternidad. Y fue en la casa de mi padre, Cristo, donde sufrí mi primer abuso sexual vestido de monaguillo, tratando de hacer feliz a mi familia, tratando de que estuvieran orgullosos del hijo natural, cuyo padre creía que era Dios. Y ya no tengo veintisiete años y no busco a mi padre. Sé quién es mi padre y estoy feliz de nunca haber tenido que vivir con él. Hoy tengo treinta y cuatro años, dos hijos, y asumo el pasado mientras aprendo a vivir con él. Nada me produjo más paz en mi vida que el día que decidí no volver a ver a mi familia de crianza. La familia se puede escoger, eso también es parte de crecer. De pequeño pensaba que mi padre era Dios porque así me lo decía mi madre. Soy grande, un hombre, ahora no tengo espacio para el rencor. El pasado no se puede borrar. Solo hay que aprender a vivir con ello y seguir adelante. Hay cosas que nos dan vergüenza, otras que nos llenan de orgullo, otras que nos dan paz. Ahora sé que la familia uno sí la puede escoger, así como se puede desechar con la que vinimos al mundo. Pero hay que ser grande, estar solo, saber estar en soledad para aprender ello. Crecer duele.

Mi hijo me enseñó a pronunciar la palabra papá. Me enseñó muchas cosas que aún sigo comprendiendo su significado. La última vez que lo vi, corría llorando hacia el microbús, afuera de la escuela. Tenía prohibido verme o saludarme. La última vez que estuve con él hablamos de ir juntos a la playa. Soy un padre que lleva cuatro años intentando volver a pasar un tiempo con su hijo. Soy grande y por primera vez me toca contratar un abogado, ir a un tribunal, llamar a la policía, llorar a los pies de una familia que nunca supo qué le pasó a aquel niño que fui. Y todo fue inútil. Y si supe hace mucho lo que era el patriarcado, sé perfectamente lo que es el género a nivel jurídico. No hay equidad. Somos todos iguales ante la ley, mientras no sea ésta el Código de Familia. Ni grupos pro hombres, ni grupos feministas, se han encargado de borrar ciertas leyes, ciertos artículos. Soy una persona grande, adulta, y no puedo hacer nada por salvar a mi hijo de lo que le espera. Sé lo que la teoría dice, pero en la práctica todo es duro. He visto gente que se ha llevado un arma a la boca, otros que han consumido drogas hasta quedar en la calle, otros que no logran salir de la violencia, el odio, y todo lo he visto porque no tuve una infancia feliz, porque me dolió, porque sigue ahí recordando cómo es la vida real, fuera de los libros, de la teoría, y sobre todo, cómo es la violencia de clase social y el daño que puede causar una familia. El amor también mata.

Recuerdo la primera vez que sentí vergüenza como nunca había sentido. Abandonar los estudios por motivos económicos y familiares no me dio vergüenza, si no trabajar para un familiar que lo recordaba todo el tiempo. No hay mejor explotador social que la misma familia. Con todo ello, cada mes de junio recordaba la escuela, el Día del Padre. Creía que mi padre era Dios, me decía. Y ahora me daba risa y me burlaba de lo tonto que era. Y luego lloraba cuando recordaba esa infancia. Me decía que un día dejaría todo atrás, tendría una familia, sería feliz. Un día sería papá. Y aún recuerdo el día que mi hijo me dijo ‘‘papá, soy como usted’’. Soy grande ahora, y mientras escribo esto recuerdo la declaración que hizo mi hijo en el PANI, hace poco, donde decía ‘‘él nunca ha sido un papá para mí y solo quiere vengarse no dejándome salir del país’’. Y lloro pero no por mí, lloro porque fue mi culpa todo esto. Nunca pude frenar la ola de violencia que nos arrasó en la casa. Fue tarde que descubrí qué era el abandono emocional, tan tarde que dos personas con historias de violencia engendramos un hijo. Y lo veo justo ahora que debo defenderme como si fuera un criminal común. Poca gente tiene una idea clara de cómo funciona la ley, qué puede hacer un abogado. Y mientras recuerdo los momentos felices con mi hijo, los que me ayudan a tener claridad, leo las acusaciones en mi contra y me pregunto si iremos a un juicio cuando mi hijo sea mayor de edad, cuando él pueda leer los legajos de pruebas y terminar de ver cómo sus padres sembraron odio allá donde pudo haber amor. Regreso a ser un niño otra vez, en la escuela, viendo a los papás de mis otros compañeros recibir sus regalos. El dinero en mi casa solo alcanzaba para un regalo y tenía a mi bisabuelo, mi abuelo y mi tío en el aula. Cierro los ojos y soy grande. Dejé atrás mi adolescencia y tengo un hijo pequeño y en mi casa nunca se preocuparon por mis estudios, y ahora escribo, y edito libros, doy charlas y no puedo conseguir trabajo porque apenas tengo el título que me dio la escuela en 1994. Y justo cuando pensaba que tenía algo con qué sentirme orgulloso, que mi hijo hablara de lo que hace su padre, veo en los legajos judiciales que todas las pruebas en mi contra son mi vida, y los libros que edito, y las columnas que escribo, mis opiniones políticas, todo por lo que he luchado en mi vida, en el juzgado son pruebas en mi contra. Entonces así me entero que no tengo libertad de expresión y el acoso y el miedo son parte de mi vida. Y por supuesto, son también pruebas en otro proceso. Porque en este país, los hombres tienen la obligación de pagar una pensión económica por sus hijos, pero no tienen el derecho de poder ver a sus hijos. En una rápida lectura de mis acusaciones, solo falta pedir la sentencia de muerte como solución para la resolución del conflicto de un padre que quiere recuperar a su hijo.

Tengo treinta y tres años. Entre mi confusión, mi miedo, el trauma de una vida, decido seguir adelante. Y mi relación se va convirtiendo (con los tropiezos normales de una relación) en un matrimonio. Y me rio de qué pensará mi yo del pasado, anarquista ortodoxo que no bebía ni café, ni té, ni chocolate y menos alcohol, del yo anarquista del presente: casado y estableciendo una familia. Tengo folios de legajos de pruebas en mi contra donde soy tratado como un criminal común. Me sigue dando miedo ir a la cárcel por no poder llegar con el dinero de la pensión cada diez y seis. Cada día que pasa mi hijo se aleja más de mí y no puedo hacer nada que la ley me ampare. Soy un hombre ante un Código de Familia. Soy un papá que busca recuperar a su hijo, así pasen los años que deban pasar, así siga siendo tratado como un criminal común, así siga siendo víctima de la violencia de género más atroz que se pueda dar: negar la posibilidad de asumir mi paternidad responsable.

La primera vez que fui a ver a mi hijo a la salida de la escuela, fue el peor día de ese año. Ambos con los ojos rojos. Apenas unos meses atrás habíamos pasado lo que sería la última navidad de su infancia. Con los meses, ya uno se logra acostumbrar. Tres años pasan rápido. La suerte que he tenido que correr para poder estar con él apenas quince minutos, cuando lo veo, o saber que no fue a clases sin saber si está enfermo, es la de invertir cuatro horas por día: tomar el bus a las 12.40pm y llegar antes de las 2.00pm, para esperarlo a la salida a las 2.10pm y luego poder estar en mi casa a las 4.00pm (o antes si alguien me lleva hasta la casa). Mientras eso pasaba, iba todas las semanas a los juzgados, pasaba con miedo cada día del pago de la pensión, cuando me atrasaba, no dormía del pánico de saber que una orden de captura estaba dirigida a mi nombre. Con todo ello, mantener la única relación que ha valido la pena, sostener en pie un sueño imposible de una editorial que hice junto al hijo que no puedo ver, pagar una pensión fuera de mis alcances económicos y seguir la vida porque eso toca. Y no importa las veces que se acuda al juzgado, no importa las veces que se llore, no importa nada si se es hombre ante el Código de Familia. ¿Cómo pueden las mismas pruebas que usan en mi contra (mis libros, lo que pienso), para impedir que vea mi hijo, ser las que buscan enviarme a la cárcel solicitando el no menor monto de $3000 mensuales? Pero más allá de todo eso, ¿y mi hijo? ¿Cómo verá a sus padres? ¿Cómo va a entender que aquello que nos hacía pasar todos los días juntos, imprimiendo libros y visitando librerías, sea el peor de los males existentes en esta sociedad según el legajo de pruebas presentado por su madre y su abogada? ¿Cómo va a entender que aquello que pensamos imposible y logramos hacer en la sala de nuestra pequeña casa, con una imprenta y mucho amor, haya sido el causante de que hoy seamos juzgados ante la ley como un peligro para la sociedad? Lo peor de crecer es saber pensar, leer, saber que Dios nunca fue mi padre ni lo iba a ser (sí, Nietzsche tenía toda la razón). Cuando mi hijo crezca, le rendiré las cuentas a él, mientras, debo ser tratado como un criminal común, defendiéndome de cómo pienso, de cómo me gano la vida haciendo libros y viendo a mi hijo una hora cada quince días bajo la custodia de su padrastro, en Avenida Escazú, porque ese el lugar más seguro para su familia, todo ello a pesar de que un juez falló a mi favor, en noviembre de 2014, un régimen de visitas provisional de pasar seis días al mes con mi hijo (recogerlo un viernes afuera de la escuela y dejarlo el lunes en el mismo lugar). Cuando la ley llega, a veces es demasiado tarde. Hoy en día he leído lo suficiente para saber qué es la alienación parental. Aún hoy, tengo pesadillas con eventos de mi niñez.

Tengo treinta y cuatro años y sigo peleando por ver a mi hijo. Tengo una familia, mi familia, la primera vez en mi vida que puedo llamar familia a un núcleo cercano. Dejé atrás el odio y la violencia de mi familia de crianza. Sobreviví a las ruinas de mi apellido. Soy hombre, mayor, casado y padre de dos hijos. Y hace poco volví a sentir eso que no se puede explicar, que no se puede decir, porque hace poco nació mi segundo hijo. Mientras estaba en el hospital, viendo nacer a mi hijo, me preguntaba cómo el odio pudo ganar allá donde debía imperar el amor. Solo deseaba que mi hijo mayor estuviera a mi lado, viendo a su hermano. Solo deseaba que estuviera conmigo para que él ahora le enseñara esa palabra que me enseñó a pronunciar: papá.

Juan Hernández — Editor y lector. Vive en San José.
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2 comentarios

A mi me parece increible que la leyes sean tan desiguales para los hombres con sus hijos, asumen que el culpable de todo es el hombre y a el le toca pagar las consecuencias, que al final solo visibiliza la razon por la que los hombres odian al feminismo y niegan que se trate de igualdad. Nada como ser invisibilzado por la ley.

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Empezó: 17 Oct 2008
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valiente, juan.

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Empezó: 12 Jun 2009
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