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El año nuevo te romperá el corazón

El viernes 20 de setiembre del 2013, antitos de las 7 de la noche, le puse un mensaje a mi amigo Steven: “Voy tarde”.

La culpa no era del bus Cartago-San José en que viajaba, sino mía. Steven y yo teníamos acreditaciones para cubrir el Warp Weekend para 89decibeles. Entre él y yo debíamos realizar una serie de artículos sobre las actividades del festival, que comenzó con el concierto de Café Tacvba en el Gimnasio Nacional y que continuaría ese viernes, en el Cine Magaly.

La noche anterior, Steven y yo ideamos un concepto bonito para amarrar los tres artículos –faltaba cubrir, el sábado, un último concierto de cierre–, pero viernes por la tarde la pereza se empeñó conmigo y, por poco, no me fuerzo a tomar el bus hacia el Magaly.

De no haberlo hecho, mi vida sería hoy muy diferente.

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Tengo que ser honesto: no recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché a LCD Soundsystem.

La canción más añeja de la banda que guardo en la memoria es "Daft Punk Is Playing at My House", que desde hace varios años aparece, esporádicamente, en la programación de Hit. Puede que mi primer encuentro con el proyecto de James Murphy haya sido así: una casualidad en la radio.

Sea como sea, mientras iba de camino hacia el Magaly me percaté de una cosa: tenía mucho tiempo de no prestarle atención a la banda. Hacía dos años que habían orquestado su funeral en el Madison Square Garden, pero yo no había estado pendiente de ello. Hacía tres que habían publicado This Is Happening, su canto del cisne, pero yo apenas lo había escuchado un par de veces.

Durante un tiempo que no podría medir ahora, LCD Soundsystem y yo apenas nos saludamos con un movimiento de la barbilla, como conocidos que apenas si han compartido alguna birra por casualidad, alguna vez.

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Cuando ingresé a la sala del Magaly, ya el documental había comenzado.

Shut Up and Play the Hits es una película de casi dos horas que muestra parte del último concierto –hasta ahora– de LCD Soundsystem, que se llevó a cabo en el Madison Square Garden, así como extractos de una conversación que sostuvo James Murphy –líder de la banda– con Chuck Klosterman, un magnífico escritor y periodista gringo a quien, al momento de ver la película, yo no conocía. La cinta también sigue a Murphy durante el día posterior al concierto, en su regreso a la vida “normal” en Nueva York.

Ni siquiera intenté buscar a Steven. Simplemente me senté y vi, por primera vez, la película que me transformaría por completo.

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Cuando tomé la decisión de irme dos meses fuera del país, sonaba LCD Soundsystem.

El último día de ese viaje sonaba LCD Soundsystem.

Cuando pasé la primera noche en mi primer apartamento sonaba LCD Soundsystem.

Cuando una de mis mejores amigas me regaló el primer cuadro para colgar en ese apartamento.

El último día que trabajé junto a dos de mis más queridos amigos.

El día que acepté una plaza laboral de la que no estaba seguro y que, solo con el tiempo, aprendí a apreciar.

La noche cuando le escribí una especie de carta de agradecimiento a mi mayor mentor.

La vez que pensé “yo me podría quedar con esta muchacha”. La vez que esa muchacha se fue a muchos kilómetros de distancia. La vez que nació la idea de volvernos a ver.

Sonaba LCD Soundsystem en la sala de cine del Magaly cuando saqué mi celular del bolsillo y le escribí un mensaje a mi amiga Eunice: “Eunicita, le voy a mandar un mensaje raro que no puedo olvidar. Creo que es una buena idea para el final de una novela”.

Cuando presenté esa novela, junto a un montón de gente lindísima en el día de cumpleaños de mi mamá, solo sonó una banda: LCD Soundsystem.

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La película, en realidad, fue un catalizador para algo más grande: reencontrarme con una banda que me ha acompañado durante todos los muchos puntos altos y bajos de las últimas dos vueltas y media al sol.

LCD Soundsystem suena todos los días en mis audífonos. Shut Up and Play the Hits se exhibe una vez al mes en mi televisor.

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Consequence of Sound publicó el primer rumor sobre la reunión de la banda el 8 de octubre del año pasado. Yo lo leí en mi celular, almorzando en Pizza Hut con mi amigo Alessandro. Le comenté la noticia, sin emocionarme mucho aunque por dentro el sistema nervioso me jugaba malas pasadas. Algunos medios hacían eco de la noticia, otros la desmentían.

El 24 de diciembre, mientras tomaba un bus hacia Cartago para celebrar navidad con mi familia, la banda compartió una canción nueva y el corazón me dio un vuelco. Llorar en un bus nunca se sintió tan bien.

El 30 de diciembre, el fuckin New York Times publicó una nota, sin citar fuentes oficiales, que confirmaba el regreso de la banda durante Coachella.

Anoche, 4 de enero del 2016, la noticia se hizo oficial. Mi primer aviso fue un mensaje de Alessandro: “Coachella?”. Luego fui a Facebook. Luego sentí un vacío en el pecho. Mientras, no miento, yo veía Shut Up and Play the Hits.

No sé cuántas veces imaginé un momento como ese. En mi cabeza, por lo general sucedía estando en el trabajo. Yo veía la noticia en Facebook y mi corazón se saltaba un par de latidos. Luego, sin decir una palabra, sacaba mi tarjeta de crédito –al carajo las deudas– y compraba un tiquete y un boleto de avión a Nueva York, porque en mi cabeza siempre fue todo en Nueva York.

Anoche, sin embargo, me sentí tan lejos como fuera posible de esa fantasía.

¿Puede uno sentirse descorazonado por obtener lo que más quiere (o lo que cree que más quiere)? Desde hace varios meses me he hecho esa misma pregunta, en muy distintas formas. ¿Puedo hartarme de que me paguen por escribir? ¿Puedo sentirme timado por la esperanza de tener una relación que podría nunca darse? ¿Puedo estar decepcionado por el regreso de mi banda favorita?

Anoche, después del anuncio de Coachella, pensé escribir un texto parecido a este, pero no encontré los ánimos para hacerlo. Me sentía confundido y dolido. Me sentía solo.

Hasta que James Murphy publicó un comunicado hoy. En él, el músico habla sobre las razones para volver y, especialmente, sobre la reacción del público. Dice estar consciente de que mucha gente lo odia y que odiarán a la banda por volver. Dice estar consciente de cuánta gente está feliz de la vida por la noticia. Pero admite que, cuando la banda tomó la decisión, olvidaron a un grupo de gente.

El grupo de gente que ama a la banda y que, por la inversión emocional y lo significativo que fue el final de esta para dicha gente, se siente ahora traicionado. Entonces, Murphy hace lo más humano posible, algo que, al menos yo, no esperaría de ningún otro artista de reconocimiento mundial: pide perdón.

“Anoche me senté con Al y Nancy en un bar italiano y hablamos de lo fuckin increíble que es que tanta gente esté feliz de que volvamos. Pero eso no desestima a aquellos que se sienten heridos. A ustedes tengo que decirles: lo siento de verdad. Lo único que podemos hacer ahora es volver al estudio y terminar este disco, y hacerlo tan fuckin bueno como sea posible. Tiene que ser mejor que cualquier cosa que hayamos hecho antes (...). Cada concierto tiene que ser el mejor concierto que hayamos tocado (...). Estamos conscientes de ello. Significa que volvemos a la guerra, como en el principio. Pero ahora la guerra es contra nosotros mismos. Así, tal vez tengamos la oportunidad hacerlo bien”.

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Me gusta cómo ciertas cosas tienen un sentido particular para ciertas personas. Para cualquier persona, el comunicado de Murphy no dice absolutamente nada de valor. No faltará el cínico que diga que la banda se reúne ahora, apenas cinco años después de su ruptura, por algún contrato millonario. Ojalá sea así, se merecen la platita.

Esas palabras, sin embargo, significan mucho más para mí. Significan las respuestas a las preguntas que me han acosado por meses. Sí, puedo estar decepcionado por el regreso de mi banda favorita, por la esperanza de una relación que puede que no exista nunca, por trabajar para una empresa determinada. Sí, es posible sentirse descorazonado en la supuesta victoria.

Puede, también, que al final del día todo valga la pena.

Danny Brenes — escribe, lee y bebe coca-cola.
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