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Entrevista: Guillermo Barquero

"Nadie escribe con emociones sino con los dedos”.

Vamos a ver. Lo entrevisté por tres razones, al Memo. La primera, la más banal, es que necesitaba cumplir con una tarea universitaria; la segunda, banal para los lectores, chiva para mí, es porque le tengo confianza y sé que es buen conversador; la tercera, la más importante, la que quiero que se dejen quienes lleguen hasta el final, es esta: no me cansaré de valorar y visualizar el trabajo de quien yo considero el mejor escritor con que contamos actualmente en este país.

Y esto es importante, no solo porque aquí la gente no lee y lo que leen pocas veces es bueno y menos veces es tico. Eso ya lo saben ustedes, lo sé yo. Cobra una nueva importancia cuando la gente empieza a leer obras premiadas que son, a mis ojos, más bien dañinas*. Ahí es cuando toca hacer algo. Toca recordar que hay cosas mejores por ahí. Y una de esas es la literatura del Memo Barquero.

Así que aquí va. Lo que sigue es un sabanón de texto, pero yo diría que bien interesante. Háganle la fuercita, a lo mejor y les queda algo. Disculpen ustedes la introducción subjetiva e informal, es que a ustedes también les tengo confianza.

*Esto es opinión mía, no necesariamente la de 89decibeles

***

Nacido en 1979 y premiado por la revista Áncora como el autor de la mejor novela y el mejor cuentario del año en 2011, a Guillermo Barquero no le tiembla la pluma. Le llaman el “escritor de la enfermedad”; le han dicho que su estilo es asfixiante; que sus temáticas son angustiosas. Todo eso da igual, a Guillermo Barquero no le tiembla la pluma para escribir algo de la mejor literatura que se ha publicado en este país en años recientes.

Flaco, alto, reservado. Al ser abordado sorprende: su sonrisa de dientes blancos que delatan una dentista en la familia, su simpatía en general, no son lo que auguran sus textos, oscuros algunos, incisivos los más, imponentes todos. Junto a Juan Murillo fundó y ahora codirige Ediciones Lanzallamas, una de las casas editoras más importantes y aplaudidas de la región.

Proyecto este que se funde en un abrazo perfecto con su labor principal: la de escritor. Cuatro libros, que se dividen entre dos volúmenes de cuentos —La Corona de espinas (Tecnociencia, 2005) y Metales pesados (ECR, 2010)— y dos novelas —El diluvio universal (Perro Azul, 2009) y Esqueleto de oruga (Germinal, 2011)—, y múltiples publicaciones independientes, que van desde el cuento —su género predilecto— al artículo de opinión y la crítica literaria. No bastándole su propio aporte, rescató el de otros: en 2009, con el sello de la Editorial Costa Rica y junto al mismo Murillo, compiló Historias de nunca acabar, una antología de cuentos de autores de la generación actual. También, cómo no, un blog aquí mismo, en 89dB.

Guillermo Barquero no tiene razones para detenerse, para cesar en su oficio; tampoco sabe cómo: la literatura está en él, no hay caso en intentar ocultarla, sino lo contrario: deja que se desborde por la libre. Barquero no toma respiro. A Barquero no le tiembla la pluma.

89dB: Seis años separan la publicación de La corona de espinas y de Esqueleto de oruga. Tu estilo, siempre barroco y exigente, se mantiene pero con matices distintos entre ambos libros. ¿Sentís que has cambiado vos en tu oficio de escritor?

—Danny, por suerte la escritura siempre es distinta. Nunca hay dos periodos iguales, o al menos así lo he vivido desde que comencé a escribir en serio, hará cosa de dieciocho años. Imaginate: en seis años se pueden morir todos los miembros de una familia, te podés enamorar, podés enloquecer, podés sacar una carrera universitaria, ejercer y aún tener un par de puestos o abandonar todo y cerrar ciclos y conocer países. O lo que sea. Todo puede pasar en seis años, con mucho más razón habrá cambios en lo que escribís. Llamalo evolución o progreso o como querás. Ahora, en tu pregunta hay una palabra que no me gusta: barroco. Cuando alguien lee “estilo barroco”, se predispone a los juegos y a las combinaciones fastuosas de las formas, cosa que no tiene que ver mucho, la verdad, con mi escritura. O así lo siento.

89dB: Esqueleto... permitió al lector acercarse a un Barquero más... íntimo, por decirlo de alguna forma. Vos mismo, la noche de la presentación de la obra, mencionabas, con cierto humor ácido, que la nouvelle es una historia de amor. Eso te alejó del narrador más sobrio y distante de tu primera novela. ¿Lo veías como un riesgo que estabas dispuesto a correr?

—No sé si llamarlo riesgo. Como todo acto de escritura, pasó y ya, las condiciones para esa historia se me revelaron o aparecieron y, listo, había que escribir la novelita corta. Ahora, si me preguntás por los distintos grados de intimidad de los narradores, en mis dos novelas, no podría responderte más que con balbuceos y desviaciones: cada historia mandaba una cosa distinta, un tono diferente.

Y, bueno, me alegro que recordés Esqueleto como una historia de amor, o que te acordés de lo que dije esa noche. Es una historia de amor loco, como debe ser.

Cubierta de Esqueleto de oruga. Duh.

89dB: Calero (narrador de Esqueleto de oruga) te permitió un desahogo personal mucho mayor que Rafael Martínez (protagonista de El diluvio universal), ¿no?

—En realidad no. El desahogo que obtuve con Martínez fue enorme e irrepetible; estaba en un momento de crisis terrible. Martínez fue como el creador de un mundo que se podía destruir conforme pasaban las páginas. Calero, como te das cuenta, está en mundo completo, ya arruinado. Con Calero solo quise constatar el corto camino que atravesó para llegar a la enfermedad. Martínez, creo, es la enfermedad.

89dB: Vayamos al germen. ¿Qué representó para vos, a tus escasos 26 años, publicar La Corona...?

—Otra palabra que no me gusta (risas). No sé a qué llamás escasos. A esa edad, Gaddis ya estaba planeando la publicación de The Recognitions. Radiguet, supongo, ya gestionaba su publicación parisina, redonda y avasalladora. Lo mío no sé si fue temprano o no, solo te puedo decir que tenía que darse en ese momento. Disfruté el proceso, tenía esos textos trabajados de años, no podía no publicarlo.

89dB: Estoy seguro que te lo han dicho antes: no parece un libro escrito por alguien tan joven, en cuanto a estilo y temática.

—Otra palabra más (risas). Me tenés que definir juventud. Me remito a las pruebas que te mencioné hace un rato. No sé si uno debe esperar oraciones cortas y falta de adjetivos de una persona joven (risas). Uno escribe lo que tiene que escribir, en los distintos periodos por los que se atraviesa. Si a alguien le parece que tengo cincuenta, cuando en realidad tengo veintiséis, es más un problema de apreciación de esa persona, que uno mío, a la hora de escribir. Pero, bueno, entiendo tu pregunta; solo te puedo decir que esos relatos y esa “atmósfera de escritura” eran a las que estaba obligado. La Corona tiene que ver con pulsiones, sensaciones, no tanto con historias redondas, a lo Ribeyro o lo O’Connor.

(Esto no tiene que ver con Memo, ni siquiera sé si le gusta, pero es la mejor pieza del año y les dará fuerzas para llegar al final del texto. ¡Vamó!)

89dB: Hay una evolución notable entre este primer cuentario, y Metales pesados, que recopila algunos de tus más aplaudidos relatos (“Imperio de escupefuegos”, “Fábula de pequeñas tentaciones”, por nombrar dos de ellos). ¿Con cuál de ellos te quedás? ¿Por qué?

—Me quedo con el momento de escritura de La Corona, pero con el resultado de Metales pesados. Igual, puedo leer un par de páginas de La Corona e identificarme con lo que pasé, con la atmósfera que pude crear, con la subjetividad de lo descrito. Metales puedo leerlo sin sentir vergüenza, o por lo menos no mucha (risas). Cada libro sucedió, y eso me alegra.

89dB: Hablame de El diluvio universal. ¿Cómo nació esta historia?

—Danny, he estado pensando mucho en las razones que tiene uno para escribir. Son muchas: la plata, la fama, la estupidez, el aburrimiento. Qué se yo, cientos, si uno se pone a pensar. Pero también he llegado a darme cuenta que lo que no nace de una necesidad interna que es muy fuerte, no me interesa tanto. Y eso no tiene que ver con densidad o melodrama. Nada de eso.

Te hago todo el cuentazo ese porque El Diluvio es, justamente, eso: necesidad interna pura. Mirá, en esa época, mi mejor amigo estaba regresando de varias residencias médicas en Europa y Estados Unidos. Le pregunté que cómo hizo para conseguir esos contactos en el extranjero. Me dijo que había mandado muchos correos, simplemente. Yo probé, como tanteo inicial, escribirle a  un investigador de Canadá. Fue un impulso fuerte, realmente esperaba que pasara algo.

Un mes después, más o menos, cuando me di cuenta de que no me iba a responder, comencé a escribir El Diluvio. Eso fue: sacarse la inutilidad de la sangre.

89dB: ¿Cómo fue el proceso de redacción y corrección? Varias voces, en cuenta la mía, han dicho que la lectura de la obra es, además de satisfactoria, desgastante. Imagino que escribirla fue una experiencia muy particular.

—Sí, entiendo que es desgastante. De hecho, hace poco releí dos capítulos, porque una amiga me comentó algo sobre ellos. Son realmente cansados de leer. Pero, la escritura, por otro lado, fue un proceso que me encantó. La necesidad interna, que fue lo que me puso a trabajar en ese libro, fue un motor que no se detenía. El texto inicial lo escribí en cuestión de semanas, quizá siete u ocho. Las correcciones sí tardaron más. Después metí el prólogo, el epílogo y afiné detalles. No sé cuánto tardé en total, pero esos meses o años de trabajo me sirvieron de mucho.

Cuando lo presentamos, conté que antes del Diluvio había una trilogía ya escrita, inacabada e inacabable, lo cual es cierto. Eran novelas de doscientas páginas cada una, enredadas y llenas de secretos loquísimos y párrafos indescifrables. El Diluvio fue como el trabajo en limpio, la condensación de todas esas novelas truncas.

Un jugoso contrato con Gillete le permitió dedicarse a la literatura y la fotografía

89dB: Corona en el 2005, Diluvio a finales del 2009, Metales pesados poco menos de un año después, Esqueleto empezando el 2011. La editorial Germinal ya anunció un nuevo libro tuyo para este año. Además, cuentos en varias revistas internacionales, como Los Noveles, Letralia, La Voz, etc. ¿Qué provocó esa proliferación en los años posteriores a tu primera novela?

—La proliferación, como la llamás, se nota ahora que he publicado todas esas cosas, pero no necesariamente tiene que ver con la proliferación real, la de la hora de la escritura. Yo tengo un claro defecto a la hora de escribir: la compulsión. O sea, tengo toneladas de cosas escritas, con distintos grados de acabado. Te imaginarás que lo que publico es muy poco, como suele pasar.

89dB: ¿Qué viene ahora? ¿Qué acabás de terminar, qué estás trabajando?

Estoy trabajando varios cuentos, varias novelas cortas, varias novelas largas (risas). Como dijiste hace un rato, hay por ahí un volumen de cuentos que va a salir con Germinal. Después de eso, no sé nada. Puede que termine un tríptico de novelas cortas primero, o una novela, u otra novela. No sé nada, excepto que algo va a salir de todo esto. Y si no sale nada, pues de algo habrá servido todo el tiempo usado en escribir. A todo se le puede sacar provecho, Danny.

89dB: Hablemos de Lanzallamas. ¿Cómo nace la idea de crear una editorial tan particular como esta (ediciones de lujo, impresión por demanda en Estados Unidos, pocos pero muy bien selecionados títulos al año, reedición de obras de culto)?

—Qué bueno que me preguntás por Lanzallamas. No es que me interese mucho hablar de la editorial, es que ella representa mi encuentro con Juan Murillo, a quien aprecio enormemente. Cuando nos conocimos, a través de las reseñas que él escribía en su blog, nos dimos cuenta de que cada uno, en privado, había estado concibiendo el mismo proyecto.

Primero trabajamos la antología para la Editorial Costa Rica, y de inmediato, o al mismo tiempo, nos pusimos a trabajar en la editorial. Ahí publicamos lo que queremos y respetamos. No queremos hacer un catálogo enorme ni inmanejable, ni publicar solo por publicar. Juan y yo nos entendemos a la perfección en lo literario, además de que somos amigos muy cercanos.

89dB: ¿No es un poco suicida aventurarse con un proyecto editorial en un país que no lee, muchos menos autores de la región?

—Lo que me parece verdaderamente suicida, Danny, es no hacer nada. Si no tenés oferta de libros bien hechos y trabajos bien editados, te podés dedicar, solamente, a criticar gran parte de lo que hay en el mercado. Y no queremos eso.

89dB: En el cuento “Metales pesados”, incluido en el libro homónimo, te burlás, muy a tu estilo, del mundo literario costarricense. “La noche de una presentación (de un libro) es una noche blanda, neutra, en la que todos son amigos”. ¿Cuáles son los grandes vicios de dicho mundo, en tu opinión?

—Ese mundo es divertido pero, para resultados concretos, no existe. Es un poco de lo que se trata en ese cuento: las presentaciones, recitales, encuentros, talleres y otras formas gregarias no sirven para nada, en términos de la creación. En esos lugares y en esos momentos lo que hay es compañía, no escritura, que es la base de todo.

Y así como es divertido, lo que caracteriza a ese mundo es la falta de rigor. Hablo de Costa Rica, como te imaginarás. Si un escritor te dice que no le importa la gramática ni la ortografía ni ninguna regla del lenguaje, no podés comenzar a llamarlo escritor sino payaso. “Hay que escribir con las emociones”, he escuchado decir. Nadie escribe con emociones sino con los dedos, usando el lenguaje. Si, después, el resultado es emotivo, es otra cosa. Todo eso es falta de rigor, o exceso de pereza.

Y, ojo, no estoy hablando de escribir con manuales de la Real Academia en la mano, sino preocupándose por las herramientas. Compará a un escritor con un músico, con las notaciones, los silencios, las corcheas y todo eso, y después hablamos.

89dB: Tras el regreso de la delegación tica de la Feria de Guadalajara 2011, a la que asistieron en conjunto la Editorial Costa Rica, Club de Libros, Germinal, Uruk Editores y Lanzallamas, se ha percibido una cierta desunión entre algunas de estas casas editoras. No te voy a preguntar a qué se debe, pero ¿cómo creés que afecta esto a la literatura costarricense en general? ¿No es el mercado lo suficientemente chico como para que también haya división a lo interno?

—Pues sí, ha habido un distanciamiento entre editoriales, o la formación de bloques bastante reconocibles. Nada de eso va a afectar a la literatura costarricense, porque el lector siempre va a encontrar a sus autores, en un sello en particular, o en varios. Al lector no tiene por qué importarle cómo se hacen los libros, quién se roba autores de quién, quién dijo que el otro era tal o cual cosa.

89dB: En el 2011 ganaste los premios Áncora por mejor novela y mejor libro de cuentos. ¿Qué significaron estos reconocimientos para vos?

—En marzo del año pasado, llegué a Estados Unidos, por el aeropuerto de Filadelfia. Estaba nevando fuertísimo. No pasaban taxis; quedé cubierto con una capa de nieve más fría que el infierno. Fui llegado a Newark, Delaware, a eso de las 2 de la madrugada; a las 8 de la mañana del día siguiente iba a comenzar el curso para el que fui de viaje. En el cuarto del hotel, en la madrugada, abrí el correo. Estaban los escaneos de las dos cartas de La Nación, en las que se me comunicaban los premios que me habían dado. Unas semanas después, estuve con personas a las que quiero mucho en la entrega, en el Teatro Nacional. La pasamos súper bien esa noche. Eso significaron los premios: una madrugada y una noche que recuerdo cada cierto tiempo, con nostalgia.

Su sonrisa delata la emoción de trabajar con fotógrafos de La Nación.

89dB: ¿Te preocupa no haber sido tomado en cuenta para el premio nacional de literatura hasta la fecha?

—Me preocuparía dejar de leer por alguna circunstancia fuera de mi control, o no poder escribir ni un solo cuento más, o no intentar escribir una novela que le diga algo a por lo menos una persona en el mundo. Eso que me preguntás, no.

89dB: ¿Qué opinión te merecen los más recientes ganadores?

—Este año pasaron dos cosas extraordinarias, con las cuales me alegro muchísimo: a Polo Moro le reconocieron su trabajo de décadas, como cuentista, y a Alfredito Trejos le dieron el premio como poeta. Me quedo con esos dos hechos: dos grandes a los que se les reconoce.

Danny Brenes — escribe, lee y bebe coca-cola.

3 comentarios

Bien por el Charro. Que exito que alguien de nuestra generacion sobresalga, hace falta para motivarse a tomar riesgos.

gibloot (no verificado)
Imagen de gibloot

Definitivamente el doctor Martínez se me parece más a Guillermo que Calero. Para mi, su obra denota su personalidad obstinada y obsesiva. Pero a la vez, ese perfeccionismo que a veces me desespera, determina la calidad y nitidez de sus personajes y sus historias. Es un autor que definitivamente hay que leer, concuerdo con que es uno de los mejores escritores de nuestra generación.

Imagen de La bióloga
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Empezó: 25 Abr 2012
Karma: 5

Ufff mae casi se me pasa esta entrevista con el Guillermo! Qué salvada que por andar buscando otro artículo, me topé con este, el otro ahora lo leo.

Mae increíble que lo conozca y sepa que es escritor, pero que nunca haya leído una de sus obras o siquiera supiera que ha tenido tantas publicaciones e incluso reconocimientos. En realidad, eso no importa mucho, yo solo lo recuerdo como un chavalazo, un fotógrafo bastante técnico (aunque muy aplicado para mi gusto ja!) y darme cuenta de todo esto solo me alegra.

La próxima que lo vea fijo me tiene que recomendar algo para leer, porque aunque no soy muy lector, sí disfruto leer y además como sabe soy músico, entonces me identifico con su analogía también.

Qué dicha que puso esta entrevista acá, Danny.

Imagen de Junah
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Empezó: 24 Jun 2008
Karma: 1220