Una velada en el teatro.
En los últimos nueve años, Fito Páez ha visitado nuestro país en cuatro ocasiones. En 2008 se presentó en Torre Geko, en un concierto de voz y piano —en pro de su disco Rodolfo— que, cuenta la leyenda, no resultó muy gratificante: el lugar era inadecuado para un espectáculo de ese tipo. El músico argentino dijo en ese entonces que ese concierto debía presentarse en el Teatro Melico Salazar.
Cuando Páez regresó al país el año pasado, en el marco del Festival Internacional de las Artes, frente a un amplio público en el parque de La Sabana, varios quedaron con la incógnita sobre el enmiendo de aquel error. Finalmente, Miguel Cabrera Producciones anunció meses atrás que traerían al músico al respetado teatro, en un concierto íntimo en el que tocaría únicamente el piano del recinto.
La cita era ineludible, no solo por presenciar algo que podría parecer esporádico, pero también por ver a Fito Páez regresar al Melico Salazar, lugar en el que deleitó al público tico con un recital histórico en 2002. Por ello, una vez que salieron las entradas para la primera fecha prevista (25 de junio), se agotaron en poco tiempo. Una segunda fecha (26 de junio) fue anunciada, aunque esta vez la taquilla no se movió tan rápidamente.
Así las cosas, la asistencia durante esa jornada no fue tan grande como la del día anterior. De hecho, al público que pagó su entrada en galería lo trasladaron a luneta, un trato con el que nadie se declaró en disgusto. A fin de cuentas, la idea es que todos podamos ver el concierto en las mejores condiciones (y, por supuesto, que el gallinero no se vea vacío).

Ojalá fuéramos más a conciertos en teatros que bares, por la sencilla razón de que esos son lugares diseñados específicamente para la presentación de distintas disciplinas artísticas. Todavía mejor para un recital como el de esa noche de domingo, en que no fueron necesarios los fuegos artificiales, las pantallas de no-me-importa-cuántas pulgadas ni un ejército de músicos; bastó un piano de cola y un solo hombre que vino con la excusa de "ofrecer su corazón" mientras puso a palpitar el nuestro. Es un verdadero maestro.
Páez sorprendió con un porte de gala durante el concierto, vistiendo un traje negro con camisa y corbata anaranjadas. Recién saludó al público y se sentó frente al piano cerca de las 8:30 p.m., y de una vez empezó a interpretar "Cadáver Exquisito", tema que dio a conocer con su disco en vivo Euforia (1996). Luego vino la primera intervención, con la que enganchó a todo el aforo. "Fito, ¡te amo!" gritó desde arriba un fanático, mientras el músico introducía —con su piano— "11 y 6". "Nooo" —se detiene Fito— "yo también te amo", le contesta, pero de otra forma, afirma. El argentino sabe manejar al público como pocos, pero con el costarricense podría decirse que tiene una suerte de conexión inmutable.
Desde temprano, con el clásico tema, que es más una historia sobre dos niños que produce esperanza mejor que la mayoría de libros dogmáticos, todo el teatro se animó a cantar. Sin pena, el público se levantaba, se sentaba, coreaba y aplaudía con cada tema, y Fito no lo ignoraba, sino que lo alentaba. "Llueve Sobre Mojado" recordaba una gran época del músico, cuando lanzó, junto a Joaquín Sabina, el inmenso álbum Enemigos Íntimos (1999). Para dejarnos casi que hiperventilando de la emoción, disparó seguido "Confesiones de Invierno", cover de sus compatriotas Sui Generis. "Todos ustedes saben muy bien que si no fuera por Charly García no estaríamos aquí", introdujo.
Solo cuatro canciones y se han hablado cientos de palabras. Está claro que cada tema fue especial, y que Fito Páez, más que una de las grandes estrellas del rock latinoamericano, es ante todo un músico de primera categoría. Que nadie venga con chorros: solo los grandes, los únicos en su especie tienen el talento y las bolas para roquear con un piano, su voz y los golpetazos de su pie contra el suelo. Las gotas de sudor y las escupas que salían con sus movimientos y su canto solo probaban más el punto.

"Y Dale Alegría a Mi Corazón" fue uno de los temas que más caló. El músico empezó a interpretarla de pie, dándole con tanta energía como si hubiese tenido a su poderosa banda detrás, cuando lo que tenía al frente eran unos centenares de voces siguiéndole el ritmo. Luego de "Carabelas Nada", mezcló temas como "Cable a Tierra", "El Amor Después del Amor" y "Tema de Piluso", en un pequeño popurrí que bajaría poco a poco la agitación para luego entrar a una fase instrumental de un par de temas en que se pudo observar al músico ser uno con el piano de la casa.
Hago fe de que las parejas presentes por lo menos pusieron sus manos juntas durante esta parte del concierto, tal vez sintiendo que la música se traspasaba por sus cuerpos. Son melodías como esas las que nos hacen sentir que necesitamos ese tipo de conexión o bien, que si la tenemos, debemos aprovecharla y perpetuarla.
Todavía le faltaban varias joyas de su repertorio a Páez, y después de las relajantes notas que ofreció sin cantar, vinieron "Tumbas de la Gloria", "Un Vestido y un Amor", "Gracias a la Vida" (cover de Violeta Parra), "Al Lado del Camino" y "Ciudad de Pobres Corazones". Como podrán imaginar, el piso del teatro parecía tener vida, parecía latir, pero eran los pies del público siguiendo la música, viviéndola.

Con "A Rodar Mi Vida", el último tema de uno de los discos más exitosos de su carrera —El Amor Después del Amor (1992)—, Fito se despidió por primera vez del público. "Quiero salir, sí, quiero vivir, quiero dejar una suerte de señal, si un corazón triste pudo ver la luz, si hice mas liviano el peso de tu cruz, nada mas me importa en esta vida", concluía hermosamente el argentino.
Cinco minutos de pausa tenían al público consternado. Saltos, golpes a las paredes y barandas, y un griterío clamoroso pedían de regreso al cantante. Tal vez un cigarro, tal vez un trago, tal vez algo más durante el receso.
Volvió al escenario con una vestimenta más casual, y se sentó nuevamente frente al piano, pero no por mucho tiempo. De pie inició a cantar "Yo Vengo a Ofrecer Mi Corazón" a capella. La gente se sobresaltaba poco a poco, y los unos se callaban a los otros. Un minuto después de esas boludeces y solo se escuchaba la voz de Fito, sin micrófono, en una interpretación memorable. Punto.
El final fue tan emotivo como el resto del concierto junto. "Dar es Dar" y "Mariposa Tecknicolor", incuestionables himnos del compositor, fueron la cereza del pastel. Un trato lujoso por parte del músico con el que pocos se fueron descontentos a casa. Otra de tantas ovaciones de pie y Fito Páez volvió a su camerino luego de hora y cuarenta minutos de concierto. Luces del Melico Salazar encendidas y todos para afuera en cuestión de minutos; rápido recordaron que el día siguiente era lunes y había que madrugar.
A Fito, por su talento, su simpatía, su sentimiento y su carisma: gracias. 














