Una serie de eventos desafortunados.
Mientras camino por las calles de Tibás en busca de una hamburguesa que me devuelva a la vida, me doy cuenta que ese viernes no pudo haber quedado mejor para un concierto de Slayer: lluvia intermitente, tarde templada y oscura, y una brisa sumamente agradecida. O, bueno, seguro esa es mi forma de romantizar los aspectos de la vida para no tener que admitir que esa, en realidad, fue una tarde apestosa (en el sentido del tiempo) desde que salí de mi casa y a los cien metros recorridos ya empezaba a llover. Tal vez solo yo lo vea así, pero, de no haber sido por la honorable ocasión, ese viernes no habría salido de mi hogar.
Después de la hamburguesa gourmet, me tomo un fresco en menos de treinta segundos para no tener que desembolsar los únicos dos rojos que tengo en la billetera cuando esté dentro del estadio. Iluso yo, creí que al llegar a la puerta asignada entraría de una vez a la gramilla. Espero los aproximadamente treinta minutos correspondientes bajo la lluvia para que el encargado me deje entrar a recoger mi entrada al concierto. Esta vez llegué más tarde para saltarme la burocracia innecesaria, mas aun así tuve que esperar.
Una vez adentro, me adjudicaron en el brazo una cinta con los logos de Slayer y Evenpro impresos y me dijeron que, como no tenía equipo fotográfico, ya estaba listo para entrar al concierto. Todo bien —pienso— no hubo más demora; voy pa'entro. Me encamino por donde siempre he entrado cuando voy a cubrir conciertos al Saprissa, pero al acercarme noto que esta vez por esa puerta está la entrada al escenario. Me detengo y le pregunto a una empleada de la productora por la dirección correcta para entrar al área de gramilla, pero no sabe responderme. "Diay, no sé, váyase por aquí a la izquierda, ahí le abren", me dice.
Llego al otro portón y los guardas de seguridad me dicen que está cerrado, que me vaya por el lado de la tarima. Me devuelvo, voy un poco angustiado, siento que me están tomando el pelo. Escucho gritar a un hombre, empleado de Evenpro, con un color de camiseta (anaranjado) que denota un rango más alto de los otros (amarillo) que había visto. Me grita a mi, con tono imperativo y dándome el trato de bandido. Grita más, no escucha mis respuestas a sus preguntas, se enoja un poco más, me pide credencial del medio. Alzo mi tono y le explico con claridad lo que sucedió, hace caso omiso, me voy. Otro amable empleado me da las direcciones correctas para poder entrar por el lugar correcto.

Debo admitirlo, ese incidente me amargó. Tenía cólera, sentí impotencia ante un bully, o así recuerdo que le llamaban a su tipo las maestras en el colegio. El tipo tuvo toda la razón de interrogarme, pero con respeto y sin ánimos de superioridad. Desde ese instante, sentí una punzada en el pecho que parecía que nunca se iba a ir.
Finalmente, logré entrar a la gramilla. Luego de encontrarme con una amiga, me doy cuenta que el estadio se ha convertido en el campo de batalla de una guerra de botellas que nos tenía a todos cuales espectadores en un partido de fútbol. El público de gradería aprovechó el factor altura y, dicen los rumores, terminó gorriándose a varios en gramilla. El equipo de seguridad no hizo mucho, pero probablemente también disfrutó de la paliza.
A las 8:00 p.m., el quinteto costarricense de thrash metal, Mantra, le dio inicio al concierto de la velada. Más de veinte años en tarimas le han dado a esta agrupación una confianza en vivo que se hizo notar, incluso en un estadio, con un público de varias miles de personas. Muchos fueron los que corearon y se movieron al ritmo de los temas de la banda y apoyaron al cantante Fabián Bonilla cuando aseguró que Costa Rica es "el pulmón del metal centroamericano".
Durante los treinta minutos que estuvo en el escenario, Mantra habló poco y tocó mucho, y muy duro. Clásicos como "Planeta Odio" y la reacción del público los colocaron en una posición privilegiada: banda telonera que goza del calor de la gente. Bonilla y sus compañeros terminaron despidiéndose e introduciendo a Slayer, calificándola como "la mejor banda del mundo".
Media hora de arreglos, mientras cambiaban, entre otras cosas, el sonido de sala de ensayo que le dan a las bandas nacionales por el sonido de coloso que le dan a las internacionales. La batería de Roberto Pana se escuchaba como dentro de una caja, mientras que la de Dave Lombardo era como un tiro al corazón. Es una lástima que eso tenga que suceder.
Hola, Costa Rica. Soy Tom Araya y, sí, por supuesto que sé hablar español.

Claramente, la frase no es textual. Pero resulta muy satisfactorio cuando un cantante internacional al chile sabe hablar español. En países como el nuestro, la gente se vuelve todavía más agitada y enérgica con ese tipo de detalles culturales.
Luego del par de temas introductorios (ambos de su más reciente material, World Painted Blood [2009]), el vocalista Tom Araya agradeció en español. No tuvo que hablar mucho para que el público respondiera eufóricamente. Sonaban delicioso y estaban tocando con cojones, no necesitaban siquiera decir nada; la gente le estaba sacando todo el provecho al tiquete.
No había sonado antes una banda más rápida, poderosa, fuerte y agresiva en ese recinto. Por poner un ejemplo: casi todas las canciones que interpretara Metallica aquella noche de marzo los hacen ver como U2 a la par de Slayer. La batería no paraba de sonar, iba a todo ritmo, pero ciertamente era precisa; las guitarras de Gary Holt y Kerry King sonaban como si los músicos les estuvieran dando tan duro que sus manos sangraban; y Araya, que, aparte de tocar bajo, todavía se mantiene como uno de los vocalistas más rudos del gremio.
El repertorio del cuarteto estadounidense no varió del que han estado interpretando durante toda la gira World Painted Blood Tour. La selección de temas hace una exitosa mezcla entre los temas más famosos de la banda, los más nuevos (que requieren promoción) y su material más pesado y agresivo. Dan con un concierto que sube y sube y sube con cada canción, en el que casi no hay respiro y todo es verdaderamente tarro.
La lista de canciones cubre toda la historia de la banda, desde su debut Show No Mercy (1983) hasta God Hates Us All (2001), pasando por temas de sus discos más aclamados, Reign in Blood (1986), South of Heaven (1988) y Seasons in the Abyss (1990), e incluso interpretando un tema de su controversial Diabolus in Musica (1998), y otro de su primer disco sin Lombardo, Divine Intervention (1994).
Tal lista no la cambian porque es justamente con ella con que le dan al público lo que quiere, y todos tienen una parte memorable del concierto, dependiendo de su época preferida de la banda. En el Saprissa, los fanáticos, sin importar dónde, se volvieron locos en momentos clave, como cuando interpretaron la clásica "War Ensemble", o con la pegajosa "Bloodline", o bien con "Mandatory Suicide", uno de los temas pilares dentro de su discografía.

Luego de tocar "Snuff", de su etapa más reciente, hubo una corta pausa. Pocos lo notaron, pero eso fue la banda despidiéndose por primera vez del público. "South of Heaven", "Raining Blood", "Black Magic" y "Angel of Death" sonaron corrido de inmediato, y el concierto simplemente culminó en su clímax, tanto que incluso al salir Slayer de tarima pocas voces se alzaron pidiendo más. Por mi parte, aquella punzada que sentía antes del concierto ya no existía; las maravillas de la música: ¿existe mejor medicina?
Todo el aspecto musical del concierto funcionó de manera impecable, por lo que dudo que muchos tengan alguna queja sustancial. Slayer es una banda que habla poco y hace mucho, y, de las cuatro agrupaciones que conforman el despliegue publicitario de The Big 4 —las cuatro más importantes del thrash metal: Metallica, Anthrax, Megadeth y Slayer—, es la que más fiel se ha mantenido a su esencia artística. El honor es nuestro: presenciar a la banda que nos faltaba del grupo en vivo en un país en que, cuando yo estaba en el colegio, hablar de un eventual concierto de Slayer era ser un iluso.
Salado el que se lo perdió. 

no hay emoticon que pueda demostrar el pesar por no acercarme al Saprissa por culpa de la lluvia que habia (torrencial) al salir del brete.
















