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Del valor de la literatura de ficción y de los textos literarios para secundaria

Blog de la comunidad

Las opiniones emitidas en este blog pertenecen a su autor y son independientes del contenido editorial de 89decibeles.

Una responsabilidad de las instituciones educativas es lograr que los niños y jóvenes logren un aceptable nivel de lectura comprensiva, es decir, que “aprendan a leer”. 

Cuando señalo a leer bien me refiero a que comprendan la cadena de palabras que leen y no al hecho primario de sonorizar las grafías de un enunciado o texto.

Para lograr lo anterior se necesita que el docente trabaje los textos de forma idónea; a él le corresponderá guiar a sus estudiantes a una comprensión y goce del texto. A nadie le gusta (ni disfruta) lo que no entiende. Los niños y niñas tienen derecho a que se los introduzca de la mejor manera en los terrenos de la lectura comprensiva de los textos y por ende, a su disfrute.

En otra línea, he visto con reservas el protagonismo que se les ha endosado a los expertos de las universidades públicas a la hora de aprobar una lista de obras literarias para los estudiantes de secundaria. Si bien es cierto, dichos expertos deben ser tomados en cuenta, su posición no debería ser santa palabra. Sería valioso también preguntarles a los docentes y estudiantes qué textos les gustaría leer (trabajar en las aulas). En la actualidad muchos adolescentes están leyendo títulos que ni por amago aparecen en la lista actual de lectura.

De improvisaciones y flexibilizaciones

La lista de nuevos textos literarios para secundaria fue aprobada por el Consejo Superior de Educación (en 2010) y ¡sorpresa!, hasta después se dio cuenta de que la lista había quedado extensa (el triple de lo idóneo) y que los estudiantes “no se la iban a poder leer en su totalidad”.

En ese marco, la solución de las autoridades fue concluir que no era necesario extraer (de la lista extensa) una “sub-lista obligatoria” que fuese evaluada en la prueba de bachillerato, y que por lo tanto el docente, de la lista grande debía escoger a gusto (según la cantidad que sí establecieron) cuáles obras trabajar con sus estudiantes.  Aunque de alguna manera los protagonistas (del desliz) solucionaron el problema o falta de planeamiento, en verdad se lo trasladaron a otros actores educativos, desde luego, con algunas consecuencias ingratas. Me explico:

Primero. Luego de publicada la lista, las editoriales que comercializan los textos de trabajo de literatura, seleccionaron a discreción las obras literarias que abordarían y, no estoy tan seguro de que la escogencia de los textos se hubiera realizado con la sola preocupación de brindar a los estudiantes y docentes lo mejor para el trabajo de las obras.

Segundo. Muchos docentes se sintieron a la deriva sobre cuáles obras escoger para trabajar, y lo peor es que debían solicitar estos textos (en la mayoría de los casos sin conocerlos) a sus estudiantes desde inicios de año lectivo. Y como era de esperarse, sin querer queriendo, quien terminó estableciendo qué se leía o no, fueron las editoriales; ya que muchos docentes  terminaron escogiendo las obras abordadas en dichos libros de textos (que como ya se mencionó no necesariamente eran las mejores).

Tercero. Al saber que ya no existían obras obligatorias que leer y que por ende el Ministerio de Educación Pública (MEP) ya no podría evaluar el contenido de las obras en la prueba de bachillerato, uno que otro docente podría trabajar el texto literario de forma accesoria; es decir, abordar solo las categorías de análisis literario que se pueden trabajar independientemente si se ha leído (docente o estudiante) siquiera el título de una obra.

Cuarto. En este contexto muchos estudiantes, para quienes el leer no significa un placer sino un castigo, verían el camino facilitado para poder ganar la prueba de bachillerato (o quizás el curso lectivo)  incluso sin haberse leído ninguno de los textos literarios propuestos.

El exministro Leonardo Garnier Rímolo que como parte del Consejo aprobó el nuevo listado y en consecuencia (y quizás sin imaginárselo), el formato con el que se evaluarían las obras literarias en la prueba de bachillerato (y en las de aula, porque los docentes, en el ciclo diversificado, tienden a evaluar a sus estudiantes teniendo como referente el formato de las pruebas nacionales), ha externado que la lista de obras tal y como está, fue obra de «un afortunado accidente, fruto de un error». Véase: De listas de lectura y sus reformas (planeadas y no tanto) [2015].

Y acá es donde la mula botó a Jenaro. Parece que las autoridades no pensaron qué afección iba a tener dicha medida. A los profesores de Español, o a un buen número de nosotros por lo menos, nos preocupó no la mera escogencia (de un listado amplio) de textos literarios para trabajar en el aula, sino la forma en que estos se iban a evaluar en la prueba nacional mencionada.

Para justificar retroactivamente la decisión tomada (la no existencia de una lista obligatoria de lecturas), ahora el exfuncionario, según el texto citado, sostiene que analizaron pruebas de bachillerato de Español y encontraron preguntas que indagaban el nombre del veneno con el que asesinaron al padre de Hamlet, así como el capítulo (me imagino el número) en el que muere Ofelia. Ante esto pareciera que la lógica de las autoridades fue la siguiente (según se deduce del artículo del exministro): como en las pruebas de bachillerato se hacen preguntas de detalles (memorísticas), entonces no es necesario que los estudiantes deban tener una lista definida de obras para leerla.

No obstante, surgen algunas preguntas: ¿es cierto que ese era el tipo de preguntas que aparecían en las pruebas de bachillerato antes de la aprobación de la nueva lista para que se justificara tal decisión? ¿Podría alguna persona demostrar con evidencias que anteriormente los exámenes de bachillerato contenían solamente preguntas memorísticas que indagaban únicamente sobre detalles, como afirma el exfuncionario?

Como en la actualidad el departamento del MEP que construye las pruebas desconoce qué lecturas fueron trabajadas en el aula (excepto tres que sí son de lectura obligatoria), tiene que estructurar una prueba en donde buena cantidad de preguntas de literatura, en verdad no indagan el texto literario en sí, sino el dominio de ciertas categorías (por ejemplo, tipo de narrador, estilos y espacios narrativos, género literario, entre otras) o, en su defecto, que la pregunta se responda solo a partir del fragmento dado. Siendo así, acá el texto literario es una mera plataforma para evaluar elementos exteriores a él.

En el anterior contexto me da por sospechar la hipotética (solo hipotética) situación en la que un estudiante se propusiera no leer los textos literarios en los cinco o seis años de colegio y aun así ganar la prueba de Español de bachillerato. Si alguien se pregunta en la actualidad que si esto sería posible, la respuesta sería que sí, desafortunadamente lo sería.

Ahora ya no es tan necesario que el estudiante se preocupe por leer y entender determinada cantidad de obras, ni siquiera el hecho de leer los famosos resúmenes lo es. Antes existía cierta obligación por leer (y aun así no todos lo hacían); pero ahora se acabaron las preocupaciones en este ámbito para los estudiantes que así lo decidan. Los estudiantes de los programas de bachillerato de educación abierta tienen más simple el camino, pues muchos no tienen docentes en el aula que trabajen las obras con ellos. Siendo así, con el hecho de dominar ciertas categorías de análisis literario y un poco de suerte, pueden ganar la prueba.

Ignoro si los distinguidos señores del Consejo Superior de Educación valoraron este escenario al tomar la decisión mencionada o si fueron asesorados de esta posibilidad. Tampoco sé si las autoridades actuales son conscientes de esta situación; lo único que sé es que esta medida no incentiva en los estudiantes la lectura en el aula y hogar. ¡Para qué si ya no es necesario!

Son muchos los estudiantes que si no fuese por los textos de ficción que leen cuando están en el sistema educativo, pasarían por este mundo sin haberse enfrentado a esa invaluable interacción con el texto literario. Por eso es que el sistema debe velar y garantizarse que nuestros jóvenes lean al menos un pequeño corpus de obras en su vida académica. Y el actual formato tal y como está, no lo hace.

Ahora bien, si la meta era desterrar de la prueba de bachillerato las preguntas que abordaban el mero detalle y la memoria pura,  si es que realmente existieron, el Consejo tenía la potestad de cambiar dicha situación por otra ruta, por eso es la máxima autoridad educativa del país. Pero al final y como consecuencia se termina avalando de cierto modo lo que se criticaba, pues ahora las preguntas con las que se evalúa la literatura a los jóvenes, no andan muy distantes del tipo que el exministro criticaba.

La supuesta meta era que a la luz del nuevo gran listado de obras literarias, el estudiante pudiera “responder desde su comprensión del texto leído”. Acá nacen varias preguntas: ¿desde cuál comprensión del texto?, ¿desde la de identificar en un trozo si un narrador es testigo o protagonista?, ¿desde la de identificar si un extracto de un texto literario pertenece al género novela, cuento, poesía o ensayo?, o peor aún, ¿desde la comprensión de un párrafo aislado que no demanda haber leído la obra?

La riqueza y esencia de un texto literario no reside en identificar en un trozo de equis cantidad de renglones el tipo de narrador, el género o el movimiento literario al que pertenece la obra. Eso significa reducir a una mera caricatura la esencia de un texto de ficción: la riqueza, valor y aportes de un texto literario están en otro sitio, y se accede a ellos desde otros abordajes en el que la lectura del texto es el punto de partida fundamental.

En el anterior contexto más de uno estará alegre y satisfecho, ya que al final y al cabo los estudiantes se están enfrentando a preguntas donde, en la mayoría de los casos, no se miden niveles comprensivos globales de la obra; porque ahora se le da prioridad a los ítems más estructurales que a los esenciales; porque habrá estudiantes quienes ganarán las pruebas sin haberse leído un texto literario si así se lo propusieran; porque cada vez se le demanda menos rendimiento a los estudiantes o quizás también, porque de esta forma se solucionó de alguna manera la falta de previsión, planeamiento o sistematización de los  cambios realizados en la lista de obras que realizaron las autoridades  del MEP.

Tareas pendientes

“Solamente los ríos no se devuelven”, reza un viejo refrán. En esta coyuntura es de vital importancia evaluar si la “innovadora” propuesta implementada por el MEP lleva más perjuicios y desaciertos que beneficios. Si esta alberga más bien un fomento a la no lectura (y no a lo contrario), las autoridades educativas tienen la obligación de hacer algo.

Apostar por una democracia consciente (“para una nueva ciudadanía”), demanda sustanciales y articulados esfuerzos. El formar lectores y no meros decodificadores de grafías debe ser un imperativo de todo sistema educativo.

El Estado costarricense ha creado una educación pública obligatoria para sus ciudadanos, pero esta obligatoriedad debería conducirnos hacia mejores fines, para eso se hacen gigantes esfuerzos y se invierte mucho en educación con la idea de alcanzar un mejor nivel educativo; pero esta inversión debe ser acompañada con reformas sustanciales (no lo contrario) que conduzcan a formar individuos con mejores habilidades cognitivas conscientes de sus derechos y deberes. El país debe invertir, sí, pero también gestionar mejores logros que los actuales.

Ya los resultados de las pruebas internacionales de PISA han sugerido que el país tiene algunas tareas pendientes referidas a fortalecer el dominio de algunas competencias básicas en nuestros estudiantes, habilidades fundamentales que los ayudan a enfrentar de mejor manera el futuro. Y para lograr un avance hacia ese objetivo, las medidas que se tomen no deben ser tomadas a la ligera.

Si no queremos una población de estudiantes que aunque alfabetizados aborrezcan la práctica de lectura y sin saberlo renuncien a sus beneficios, no se debe reducir la posibilidad de que, en su paso por el colegio, lean buenos textos literarios, puesto que de lo contrario se les estaría vedando la posibilidad de acceder a un mejor desarrollo emocional y cognitivo.

Por: Wilfredo Acevedo M. [email protected]

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