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Subo al bus, luego existo

Antes viajaba mucho en bus. 

De Heredia a San Pedro casi todos los días. Me dormía encima de universitarios, escuchaba un playlist de Velvet Underground, escogía la ventana y pegaba la frente. Lloré, lloré mucho en esa época, en la que mi papá estaba enfermo y después volví a llorar porque un hijo de puta no me dejaba en paz, lo mandé a sentarse atrás y me hizo un poema que escribió en el camino mientras yo llamaba a mi mamá y le contaba que odiaba la humanidad. Ese día me sacaron una cita donde un psicólogo de apellido Mezerville y entonces yo le contaba que me cogía un mae que tenía novia, que robaba chiclets y quería seguir leyendo poesía en bares comunistas. (Ya eso no lo hago, los chiclets no era suficiente, ahora me hago descuentos más importantes).

Cuando uno entra a un bus está destinado a pegar su brazo con un desconocido, de ahí la importancia de hacerse profesional y elegir bien. Yo casi siempre me equivoco. Mi cuerpo se reconforta en esos asientos sucios y calientes por cuerpos ajenos. Siempre hay una cucaracha que pasa por la venta, un chicle en la orilla, mocos y rastros de quesitos. Una delicia de la convivencia.

Yo no soy de las que apretan en los buses. ¡Joder!, eso me molesta más que una mala radio de fondo. Sin embargo, todos nos hemos sentido débiles ante tal ambiente, en donde el tiempo no depende de nosotros y lo único que podemos hacer es quedarnos ahí esperando que el chofer tome las decisiones. Un viaje de dos horas y mi primer novio sentado a la par. Apagaron la luz. Le agarre el pene y comencé a masturbarlo. Él se puso un abrigo encima para que nadie pudiera ver mi mano moviéndose mecánicamente como ya lo habíamos  practicado anteriormente. Las personas que cogen en los buses. Salud por ellos.

La semana pasada viajaba en bus. Sola. Con el pelo mojado y dënver de fondo. Iba pensando en cosas estúpidas, en cómo me vestiría en la noche y con qué frase lo atacaría esta vez. El bus se detuvo en Alajuela, el puto calor me hizo abrir la ventana y saqué la cabeza para respirar un poco. Y ahí en la parada montones de gente, con cabello feos, ropa que no combinaba, cansados, sosteniendo las pocas ganas de vivir en una barra de acero, al fondo de la imagen, una fotografía en la ventana. Mi vista es mala pero logré deducir que se trataba de la niña desaparecida. Todo eso pasaba afuera del bus, afuera de mi mente, de mis preocupaciones, de mi decisión de ignorar que los aviones caen, la gente se mata como plagas de insectos, las sandalias no cubren los callos destrozados y las niñas desaparecen.

Sentí ganas de vomitar, cerré la ventana y me recoste al asiento todo lo que pude, como tratando de desaparecer en el, me llevé los dedos a la cabeza y apreté como queriendo sacar mis ojos. Las náuseas no se iban, en mi mente un tema de Charly, dinosaurios, lo cantaba sin querer. Mi papá también desapareció. -¿Cual era la siguiente parada? Los amigos del barrio pueden desaparecer. Saque una barra de cereal con chocolate y me la comí rapidísimo, como para olvidar el sabor a amargo que tenía en mi boca. Dí gracias de ir sola en ese asiento. Los dinosaurios. Las personas que se pierden. El mundo es demasiado grande para buscar. Es demasiado grande para andar todas las calles en un bus pegando la frente y memorizando las calvas de los pasajeros. -¿Dónde estará esa niña? -¿Quien más escuchará Dënver en el bus?. -¿Por qué Ignacio también desapareció de mi vida? Las náuseas seguían. El único hombre que podía verme estaba dormido. La chica de cabello corto se sentó adelante, es decir yo me senté atrás de ella para poder verla. Todo estaba bien. Saqué una bolsa por aquello. No se cuanto tiempo pasó hasta que se detuvo el bus. Me bajé. Ahí estaba entre miles de personas desconocidas, no se, quizás yo esté desaparecida, o el anciano que acaba de voltearse, o la señora que pega las enaguas al suelo y jala un chiquito que talvez robo de un mercado. Me senté en la parada de Paseo Colón, todavía me faltaban dos buses para llegar a casa.

Diamante — Amante del mar, Sonic Youth, Bukowski y los animales sin plumas. De pequeña amaba la poesía, ahora no tanto. Cleptomaniaca en supermercados. Algún día tendré mi propia cafetería de The Cramps. Sólo he perdido el control dos veces este año. 
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