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El pasajero del cuarto vagón

Blog de la comunidad

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Todo demonio compartido será amado.

Un largo cornetazo despertó a Ramón de su trance onírico. Por fin el reloj marcaba las cinco y podría irse a su casa, al otro lado de la ciudad. No había mucha fila, lo cual era usual en el esquema diario. Subió para acomodarse en un asiento de ventana, y así seguir con sus pensamientos previos.

Ocupaba uno de los cincuenta asientos que constituían el vagón, y se sentaba en el  cuarto de diez vagones. Era un tren relativamente grande, con un ancho normal y con maquinistas operando en ambos extremos dado a que en ciertos trayectos el tren necesitaba un cambio de dirección. El habitual negro carbón, herencia de la forma de combustible de la máquina y su color principal, presentaba raspones que dejaban ver un gris opaco a lo largo de sus bordes cercanos a las ruedas. En las divisiones de los vagones, los flancos estaban pintados de rojo y azul para darle un aire nacional al método de transporte menos querido del país. Las escaleras de acceso y descenso eran de un amarillo oscuro y por la mala condición  de algunas secciones, un verde óxido relucía.

El interior del tren lo conformaban dos hileras de asientos, apiñados en grupos de cuatro. Tenían un tapiz rojo, descuidado, que combinaba con el piso, de un rojo más oscuro aun. El tren no tenía cortinas ni puertas, lo cual permitía ver un fino baile de luz por unos minutos, antes de que oscureciera definitivamente. A Ramón le agradaba viajar en tren, lo relajaba y devolvía a su infancia cuando jugaba con una locomotora que le fue regalada para su cumpleaños. Conforme avanzaba el tren, se sumió en su meditación anterior que no tardó en ser cortada nuevamente, ya que la encargada de los tiquetes le preguntó para donde se dirigía:

-Señor, ¿a dónde?

Era una pregunta muy general para un hombre que retornaba de un pesado día de oficina. ¿A su casa? ¿A lo común? ¿A la rutina?

-A la universidad-le dijo con voz somnolienta. Usualmente aprovechaba el trayecto de una hora para dormir o comerse el almuerzo, el supervisor de la oficina lo obligaba a trabajar en su hora de almuerzo por lo menos dos veces a la semana. A él no le importaba.

Se bajaría en la parada de la universidad porque allí tomaba el bus a su casa, otros quince minutos adicionales en su aventura. Todos los días eran una nueva, o al menos eso le gustaba pensar; la realidad era muy distinta puesto que en la obra de su vida se repetían las mismas escenas en los mismos actos.

La muchacha le entregó el tiquete y siguió con una sonrisa preguntándole a los demás pasajeros. El constante movimiento iba acompañado de la variedad de sonidos. Niños llorando, tripulantes riendo y discutiendo sobre los resultados deportivos, hombre y mujeres con trajes, cargando sus computadoras y sus celulares; herramientas del trabajo. Ramón solía mirarlos a todos, con cierto aire fisgón. Le interesaban los menesteres detrás de todos aquellos ojos. ¿Qué sería de la mujer embarazada, cargando a un hijo ya nacido y tres bolsas de supermercado? , ¿del señor bigotón, lleno de aceite en sus manos? , ¿Qué sería del joven junto a él, con un libro de Biología y expansiones en sus orejas? El tren arrastraba a Ramón por rieles de imaginación, preguntas y maravillas de sus compañeros de vagón.

De igual forma, el exterior se robaba suspiros del observador hombre. Los techos de lata, las montañas azules, incluso la infraestructura de las estaciones. El viaje era un sinónimo de escape a su vida y así lograba inquirir en su hondo pensar. Ciertamente, los problemas no desaparecían; dolor de pies, solicitar permiso para bajar y que la gente no se moviera, o el común hecho de atarse los zapatos. Sin duda, el transporte público siempre se ha dotado de un sinfín de ventajas y desventajas.

De pronto, un señor con años en la cara se sentó frente a él. Un campesino, seguramente, por el contorno bien definido de sus callos. Además, una capa de tierra oculta bajo las uñas tomaba el papel de segunda evidencia. El campesino portaba una camisa de botones blanca, abierta hasta el tercero, un par de zapatos gastados y un pantalón de mezclilla celeste con café que daba la ilusión de estar viendo un río turbulento. Lo que más le llamaba la atención a Ramón era su piel, tostada por el sol; la piel del señor casi crujía con cada movimiento que realizaba, emitía un olor delicioso que el joven no se explicaba, no era colonia ni sudor ni algo específico en realidad. Era un olor a trabajo, a años de vida en el campo que, impregnados a su dermis, inundaba la nariz de Ramón. No se contuvo y lo saludó amablemente:

-Buenas tardes jefe, ¿cómo le va?

El viejo volvió su rostro y clavó sus ojos color miel en Ramón.

-No quise molestarlo- prosiguió el testarudo muchacho- sólo me interesaba saber en qué labora usted, veo que viene de una larga jornada.

Los ojos miel seguían mirando penetrantemente a Ramón, como queriendo explicar. Sin previo aviso el señor respondió:

-Trabajo con la tierra, con el suelo. Algunos le dicen a lo que hago agricultura, pero yo me contemplo como un artista vegetal. Verá usted, joven, no todos tienen mano para los cultivos, somos solo unos cuantos, escogidos desde el cielo para alimentar a los hombres-dijo aquel hombre y al cabo de unos segundos añadió:

-Mi nombre es Horacio.

Ramón se sorprendió y le dijo:

-Vaya hombre, ningún campesino se presenta así, es un gusto. Yo me llamo Ramón.

-Bueno Ramón, no lo hacen por falta de ganas. Nosotros somos los dueños de la tierra. ¿No lo sabías? Lo hacen por lo difícil que es comunicarnos. Por el rechazo de la gente en el tren.

Lo que decía era muy cierto. Nunca antes él había querido hablar con un campesino, mucho menos los percibía como los verdaderos artífices del milagro del cultivo. Se preguntaba si él podría cultivar, ordeñar, vivir en el campo. Una corazonada le decía que no.

Muchas veces, por insensatez, Ramón había creído que su trabajo estaba por encima de todas las demás ocupaciones y que ser un oficinista tenía más prestigio que levantar cajas de papas o yucas, llevarlas al mercado los sábados, regatear el precio con los compradores y devolver el producto sobrante a casa, junto con los pesos acumulados, anteriormente, nunca había pensado en el cansado trabajo de los agricultores. Ni el de los ganaderos. Ni los pescadores.

Ramón era un árbol con las raíces derechas pero con su tronco doblado por el viento de la prepotencia. Y no se daba cuenta. Un árbol con el tronco de lado no aflora y no da frutos y no da sombra ni refugio para los demás. No es integralmente árbol. Los pájaros lo ven y huyen, y el espanto con el que trillan no es consecuencia de la torcedura, es por la ausencia de propósito. Un árbol grande, fuerte, un verdadero roble sirve y mira al frente. Da sus hojas y ramas y su madera misma para ayudar.

Es extremadamente difícil para las personas no jactarse de sus acciones. Ser un héroe no tiene nada de malo, el problema es ser un héroe para sí mismo. Tener la razón y saberlo todo son cosas muy distintas.- Horacio no se detenía-.  Una nos indica una superioridad momentánea en el conocimiento de algo en cuestión. La otra es sencillamente imposible, ¿y sabes que es lo peor Ramón? Creemos siempre tener la razón. Tú ahora mismo te crees mejor que yo por poder calcular los intereses que gana tu impresa y por ayudarle a tu jefe a evadir impuestos.

-Don Horacio, yo le juro…

-Le hago un llamado a tu espíritu Ramón, y a la humildad que debe encaminarse en tu ser para que seas una verdadera persona.

Y tan rápido como se hubo sentado, el viejo campesino Horacio se fue con su saco de guangoche y prisa para sembrar otra semilla. El episodio ya terminado con Horacio lo dejó confundido pero la veracidad de las palabras del viejo le resonaban como un eco.

La soledad crepitante producto del fuerte sermón del viejo no tuvo tiempo de entristecer a Ramón. Una nueva serie de pasajeros entraba al tren velozmente. Estaban en la estación del Atlántico, punto capitalino e intersección provincial, que era aprovechado por miles de personas. Conforme se agotaba el espacio, una mujer y su hija decidieron sentarse frente a Ramón. La mujer regañaba a su hija con particular agresividad, como si fuera culpa de ella que el tren estuviese tan lleno.

Madre e hija irradiaban ancho respeto entre sí. La progenitora con una recia mueca lograba que su hija se sostuviera, callara, se calmara e incluso logró que dejase de ver por la ventana. Ambas tenían la cara repleta de pecas y un cabello rojizo y alambrado. La mujer era joven, y a Ramón le extrañaba que a simple vista luciera marchita. La niña portaba un pequeño cuaderno y, a diferencia de su madre, tenía una sonrisa poderosa como el Sol y con un orificio en el segundo diente de arriba.

La pequeña inquietaba a su madre con movimientos furtivos como agarrar una mano de un extraño o señalar los árboles y las casas que rápido pasaban rodeados de oscuridad. El alumbrado público le encantó; el anaranjado camino luminoso se exhibía frente a ella como una serpiente y le fijaba la mirada como quien ve por primera vez la luna.

Lo que más cautivó a Ramón fue el casi imperceptible parecido en los ojos de una con la otra. Los pares de ojos grises diferían en la profundidad, donde unos eran violentamente hechizantes y los otros repelían la luz a toda costa y sin embargo, Ramón detectaba una ínfima familiaridad, como si la hijita fuese a ser algún día como su madre. Las siguió viendo disimuladamente y había algo incómodo en ello. Como si a la madre le estorbara cada movimiento de su hija y esta última ignorara la despectiva mirada al ver sus alrededores. Como con Horacio, Ramón quiso ser amigable y dijo:

-Hola señora, no pude evitar notar lo linda que es su hija. Yo tengo una hermana de 7 años ¿es la mejor edad o no? Anda descubriendo el mundo y regalando sonrisas. “Esta mocosa siempre me trae problemas” pensó la mujer, y con un gesto de hipocresía agarró la mejilla de su hija y dijo:

-Ay sí, sí. Ya mi Margarita cumplirá 8 años en enero.

Ramón alargó su mano hacia la niña, que con miedo le devolvió el saludo después de pensarlo dos veces.

- ¿y cual es su nombre?-prosiguió Ramón.

- Soy Penélope- cortó sin sutileza alguna la mujer.

Por supuesto que Ramón cayó en cuenta de la falta de deseos por una conversación de Penélope, no obstante, continuó:

- ¿Es gratificante ver crecer a su hija? Le pregunto porque mi hermana es la reina de mi casa y cada pirueta que aprende es motivo de celebración.

- Estoy segura que Margarita no es como su hermana.

Un cierto ácido brotó de la boca de la mujer y quemó la mano de Ramón. Vio como la mamá de Petunia le reventó otra fulminante mirada, esta vez para que dejara de tararear una canción de un programa infantil, que el conocía por su hermana.

Penélope le estaba arrancando los pétalos a su hija y no por primera vez. La desesperación de la mayor era proporcional a la obediencia de la menor. Ramón siguió viendo el ácido de la mujer. Ahora se desbordaba con la justificación de Petunia diciendo que tenía hambre.  Era terrible. Los pobres ojos de la niña se enfriaban mientras de los de su madre saltaban chispas.

Inmediatamente Ramón pensó en su hermana. En como ella había llorado antes. De golpe recordó en todos aquellos momentos que no la escuchó o la ignoró por tener, según él, algo mejor que hacer. ¿Acaso él le había quitado los pétalos a su pequeña hermana? Con un nudo en su garganta se dio cuenta que sí.

Ramón hubo atacado a su sangre sin saberlo, de haberlo sabido no lo hubiera hecho y ahora que lo sabía no podía deshacerlo. Imaginaba a su hermana reprochándoselo a la distancia. Él, catorce años mayor, un hombre que creía tener paciencia y una hábil capacidad de resolución no era capaz de estar ahí para su hermana. Es cierto, compartía con ella, le ayudaba a dibujar y la amaba, pero cuando su hermana había confiado en él para que estuviera ahí, muchas veces no había estado.

Una gota de sudor le bajaba por la frente, dejando un rastrillo de culpa. ¿Cómo se corrige un error frecuente e ignorado? No hay forma. Una disculpa era lo mejor que podía ofrecerle a su hermana, quizá más de una para tratar de perdonarse. “Seguiremos siendo hermanos toda la vida” –suspiró para sí con la esperanza de ahuyentar al remordimiento. “No lo haré de nuevo”-trató de justificar una vez más Ramón. Probablemente lo haría, probablemente su iniciativa ya tenía fecha de caducidad. Lo importante es la muerte efímera de la pereza y el consuelo de la mentira para sí. El sonido de los frenos lo hizo percatarse de Penélope jalando a Margarita hacia las escaleras de descenso. Parecía que la Estación del Pacífico era su parada , y, sin darse cuenta, una nueva ola de pasajeros se armonizaba.

Ya para el tramo final de su trayecto Ramón creía que ningún extraño se iba a sentar frente a él. El tren y su cuarto vagón en específico no contaban con muchos tripulantes. Fue de las sombras, corriendo como desquiciado que se subió un señor, casi gigante y optó por sentarse justo a la derecha de Ramón.    Aquel hombre yacía molestamente cerca, como la realidad. Sus codos se rozaban continuamente en las curvas y Ramón aseguraba poder oír la exhalación enferma de una nariz congestionada. Preso de la incomodidad le expresó a su compañero de viaje:

- A ver hombre, hay dos espacios libres al frente.

El otro ni se inmutó. Su ingente tronco no era fácil de mover, suponía Ramón. Aún así, ya harto y desesperado Ramón volvió a dirigirse a él:

-Hombre, ¿acaso no me ha usted escuchado? Por favor siéntese enfrente. Su codo me golpea y he de confesarle que estoy disconforme e irritado por su mal manejo del espacio. Aquella colosal cabeza se volteó y sin pronunciar palabra alguna sonrió pasivamente. El hombre se hubo levantado y sin problema se sentó enfrente de Ramón. -Gracias- dijo Ramón, pero antes de terminar la palabra fue interrumpido por la estrepitosa voz del hombre:

- Ramón, querido, no podrás.

Ramón quedó impávido, y seco por dentro. La oración resonaba en su cabeza como un eco.

-¿Cómo señor? No entiendo.

-Por supuesto que no y nunca lo harás. Eres un ser estúpido Ramón, un humano cualquiera. No eres capaz de decirme que no, porque lo sabes, muy en el fondo, tu espíritu duerme en un lecho de inutilidad. Lo sé porque lo he observado, con cada detalle y palabra que escapa de ti sin censura alguna. No eres capaz Ramón, cual si fueras un pez fuera del agua o un perro ahogándose. Inútil, sin escapatoria. ¿Sabes mi nombre Ramón? Estoy seguro que lo sabes. ¿Me escuchaste? No resta más que resignarse Ramón, acaba por aceptarlo.

Ramón se había levantado de su asiento y miraba el interior de los ojos del extraño. Un poderoso convencimiento lo invadía, aquellas palabras le sonaban suyas, le sonaban propias. Asquerosamente estúpido. ¿Lo era en realidad? Las monótonas pautas que existían en su vida apuntaban a que sí. Un estúpido mal informado, detractor de la sociedad. Un egocéntrico parásito de la cadena social.

-No te aflijas querido, no todos nacen grandes. No todos cultivan sabiduría o atraen  la fortaleza. No hay esperanza de un cambio , puesto que Ramón,  no reúnes las cualidades básicas para ella. No reúnes las capacidades para nada. Un ser estúpido, amante de la televisión, de las drogas legales, de los marcos de injusticia. No sirves Ramón, la tierra no está en condiciones para resguardar pordioseros morales. Soldados de lo corriente, voluntarios de la facilidad.

Eras un genio Ramón, una estrella dormía bajo tu brazo. ¿Y ahora qué? Solamente mentiras y fachadas. Eres estúpido Ramón, y en medio del reino de tu estupidez te pavoneas gozoso, con una luz directo a tu cara para que todos te vean. Tus ojos no valen nada, tu cabeza no vale nada, tu mismo corazón ya lesionado al borde de la muerte, solo esperan tu palabra final.

La ira se acumulaba y recorría hasta las yemas de sus dedos. Ramón no soportaba ser tratado así, sin derecho a responder, sin una oportunidad al cambio. Siendo amenazado por un extraño, un maniático al fin y al cabo ¿Quién es él?- pensaba incrédulo- ¿Quién es y cómo me conoce? ¿Por qué se atreve a llamarme estúpido? ¿de dónde había escapado tal demonio? Consumido por el fuego de la ira, de la idealización de su propia inteligencia, Ramón atacó al hombre. Este, que ya esperaba el acto estúpido, detuvo con su brazo izquierdo el fuerte derechazo del hombre poseído, luego cubrió su abdomen para el segundo golpe y con la facilidad de un gigante, tomó a Ramón de su camisa y le zurró la piel de su costado con garras de titán. Después presionó su cabeza contra la ventana que se desquebrajaba. Ramón gritaba pero sus alaridos no eran oídos en el tren. Lloraba, pero sus lágrimas no resbalaban ni caían. Sangraba, pero la sangre roja y viviente no aparecía, solamente una sangre café y podrida se escurría por los dedos del hombre. Su cabeza iba a explotar por fin liberando su vasta estupidez. Y liberando a todos a su alrededor.

El sonido de la plática universitaria se opacaba por el largo estruendo del tren. Un zumbido de varios segundos se extendía lo suficiente para enfadar a los jóvenes y al mismo tiempo darles la tranquilidad de una pronta partida. En el cuarto de diez vagones iba Ramón, que bajaba de último, todavía exaltado por un sueño turbulento. Miró su reloj que marcaba las seis en punto, como de costumbre. La presencia de un frío confinado le recorrió la espalda y no pudo evitar mirar hacia atrás; un instante antes de que se comenzara a llenar el vagón pudo distinguir cuatro figuras que le sonreían macabramente desde donde estuvo sentado la última hora.

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