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Infusión de carne y azufre

Blog de la comunidad

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Desde acá admiramos la enfermiza ciudad, el atardecer se rinde endeble ante las voraces estocadas de las cúpulas inmaculadas que adornan los obeliscos de concreto, sílice y acero. Los fluidos naranja empiezan a chorrear a través de cánulas grisáceas, el ocaso nos posee: lo sentimos hervir dentro de nosotros, cómo nos desbarata  las entrañas teñidas de carmesí con un desdén demoníaco. El sucio vapor asciende desde las alcantarillas, esencia a orina y putrefacción que se sienta a la derecha del Padre: el perfume divino de este imperio inmoral.

Me tiemblan las extremidades, fibras orgánicas que  se contraen al unísono con el afán de protegernos del frío. Te alcanzo a  mirar una vez más, allá en la esquina de este trono mundano. Dentro de treinta minutos estaremos debajo de nuevo, ya para entonces habremos dejado de ser los dioses que somos ahora y regresaremos al mosaico monótono de bípedos excéntricos que se precipitan dentro de la paranoia de calles enmarañadas entre avenidas, estructura infalible que nos condiciona a la homogeneidad suicida. Seremos entonces simples creaciones imperfectas, instrumentos necios. Caminarás por el lado que te corresponde, esquivando a las personas que se amontonan como ratas, con completa  inexpresividad: como siempre fuiste. O tal vez con una risilla a medias. O incluso desgajada en carcajadas  frenéticas, no lo sé. Cada vez te conozco un poquito menos, cada vez me odio más cuando me recito esta fétida prosa como justificación inequívoca de mi poca aptitud (e interés) para comprender las emociones ajenas.

Desde ya sé que nos volveremos a sentir pequeños cuando estemos abajo y  miremos hacia el cielo empañado de edificios. Apartamentos, oficinas, paraísos e infiernos indistinguibles entre sí, el vaho de la calidez humana se adhiere por igual al cristal inanimado que los contiene. A punto de estallar, la brutalidad de la  vida misma azota la cárcel de vidrio: cómo desearían todos  estrellarse contra la sólida tela, hacerla reventar en una sencilla explosión de carne, sangre y hueso.

 

Nos recuerdo entonces de vuelta en casa hace unos meses.  Mesita para dos al lado de la ventana que da a la calle de Aranjuez, no quisiste ir a los sillones del fondo porque siempre alegás que en esos te sentís como tragada, a mí la verdad me daba igual. Aunque tal vez sí me agrada bastante la ventanita, porque desde ahí podíamos ver al día morirse de una buena vez frente a nosotros: podíamos matar a San José solo con la mirada, con tonos rosáceos allá detrás del titán artificial que nos arrebataba el horizonte de la visión. Y nos sentíamos dioses.

Las sensaciones regresan entonces, cómo el sol veraniego de Marzo nos hacía hervir las carnes envueltas en finas sedas, estremecerse ante la primera gota de sudor que se resbala escurridiza a través de los accidentes acanalados que surcan la frente y morir de ganas ante el seductor pensamiento de desmayarse ahí mismo en medio de Aranjuez de una buena vez y que ya nadie se acuerde de nada ni nadie.

El Turrialba había vuelto a hacer erupción al mediodía, la ceniza nos asediaba desde todos los flancos con dardos de azufre proferidos en ira violenta: se me estallaban los cristales del ojo en lágrimas de pólvora húmeda y me sangraba profusa la nariz de la molestia que me impregna el aroma infernal que expedían las calles de San José a las cuatro de la tarde. Me atrincheré en mi pañuelo para tomar una bocanada de aire, te besé entonces la frente y los labios se me hicieron de plomo insufrible, me pasé la lengua y escupí con ímpetu desmedido al caño. Nos sentimos sucios y contaminados.

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