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Somos de los mismos

Blog de la comunidad

Las opiniones emitidas en este blog pertenecen a su autor y son independientes del contenido editorial de 89decibeles.

Constantemente nos hacemos llamar el país “más feliz del mundo”. Claro, somos un país lleno de recursos, que aún en vías de desarrollo goza de muchos beneficios del primer mundo: tenemos una seguridad social envidiada por muchos (excepto por nosotros mismos), los índices de educación nos colocan en una de las mejores posiciones a nivel latinoamericano; gracias al turismo, a la exportación y a la inversión extranjera, contamos con una economía creciente y prometedora y, aunque hay desempleo, cada vez son más los emprendedores que deciden darle la espalda.

¿Que si somos bendecidos? Sí que lo somos. Hace ya casi 70 años, gracias a Don Pepe Figueres, se abolió el ejército y nunca más se levantó. O al menos no un ejército militar de esos que demarran sangre, destruyen ciudades enteras y como saldo quedan cientos, miles o millones de vidas.

Mas otro tipo de ejército se levantó. Así es: al parecer, estamos en guerra. No es temporal; es una batalla constante y creciente. Pareciera que cada vez se suman más y más al pelotón. Y cada vez las “armas” son más grandes y más hirientes. Ya no son simples balas, son misiles.

Es cierto que no hay muertos —o tal vez sí— pero con certeza hay muchísimas víctimas.

De esta guerra nadie se salva. Se vuela rejo y parejo. No importa si se es político, periodista, cantante o simplemente un turista que quiso ir a ver las tortugas un fin de semana; da igual. Esta guerra cibernética no discrimina.

Cientos o miles se levantan contra cualquiera que dé “un paso en falso”. En estos días estamos en la mira, observados por una lupa gigante que se enfoca en detectar todo lo negativo. Tampoco importa si es bueno, neutro o irrelevante: igual tiene la capacidad de transformar las cosas en algo negativo.

Nos hemos convertido en buitres, esperando la presa muerta que otro más “desbarató”, para hacer leña del árbol caído. No nos damos cuenta que la leña somos todos y que —más que un slogan— somos de los mismos.

No solo estamos dañando al papá que olvidó a su bebé en el carro, a los niños que querían disfrutar de la fuente, a la presentadora que dio su opinión en la televisión, o al presidente que es señalado por cada desacierto sin que se resalten los aciertos; estamos dañando a la sociedad entera, nos dañamos a nosotros mismos.

Entonces, ¿cómo podemos ser el país más feliz del mundo si solo somos hermanos cuando juega la sele y entonamos a todo pulmón el famoso “Oe oe ticos todos como hermanos…”?

Hace no mucho vi un estado de Eloy Mora que llamó mucho mi atención —precisamente por la escasez de este tipo de contenidos— invitando a la gente a comentar algo positivo y bonito en el muro de una red social. Fueron cientos los comentarios.

¡Qué bien se siente! Cómo hace falta eso y que bonito que más seguido, todos como hermanos, podamos bajar la guardia y extender la mano sin lanzar una piedra. Y si lanzamos piedras que sean bien grandes y que sean para construir de verdad y a consciencia: el país más feliz del mundo.

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