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El Satánico Dr. Cadillac

Blog de la comunidad

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“¡Mierda!” pienso mientras la móvil estaciona y reconozco las placas. Mi fotógrafo entiende el porqué de mi cara y me da una palmada en la espalda.

-Vamos, hagamos esto rápido– me dice. Él sabe lo que detesto cubrir estos eventos. Todo el mundo lo sabe: nunca he sido de esconderlo… Pero hoy toca.

Me resigno, suspiro y me bajo del carro.

Las veo.

Dos niñas y un candidato. Se bajan del carro de él, sonríen nerviosas y se acomodan el vestido. No han cumplido los 20, sus “carreras” están apenas empezando…

El candidato se baja y se cuelga de sus brazos.  Sonríe. Se cree superior.

Me enferma.

-No te imagino así- me dice mi fotógrafo.

-Yo no soy así- le contesto, esquivo la mirada y me hundo en el asiento de atrás buscando los casetes de la grabadora.

-¿Listo, Dru?- le pregunto a mi fotógrafo cuando salgo del asiento. Él asiente y me pregunta a mí si estoy lista. Yo sonrío, irónica, y me encamino hacia el salón.

Hace frío, la nieve me cubre las tenis y me cae sobre el pelo suelto. A quienes me rodean también, pero ellos se tapan con una sombrilla y se quejan del “frizz”.

Yo me río.

El hombre al que llevo adelante me vuelve a ver, me hace mala cara al principio y luego me saluda con una seca cabeceada.

“Por supuesto que me reconoce” pienso, aunque desde la universidad que no lo veo.

-¿Reporteando, Johanna?- me pregunta el hombre mientras me mira con recelo.

-Toca…- contesto yo, irónica de nuevo. El exceso de ironía me revienta tanto como esta actividad.

-Bueno, pues espero leer que te apegaste a lo que realmente viste cuando lea tu nota de mañana- me replica el tipo con una sonrisita.

-Si escribiera lo que veo, la nota no te gustaría. Pero ya sabés cómo es, yo aquí sólo sigo línea editorial…- le contesto con una amplia sonrisa que lo hace torcer el gesto de nuevo a la mala cara que me hizo al principio.

Lo adelanto y sigo avanzando.

Entramos al salón, adornado azul y blanco y lleno de banderines, postalitas, manteles, flores, globos y toda la parafernalia que amerita la ocasión.

El 75 aniversario del partido más viejo del país y actual gobierno.

“Censure lo que piensa, censure lo que piensa, censure lo que piensa…” me repito mientras me acerco al sector de la prensa y me acomodo junto con los demás compañeros a los que sé que también les enferman estas actividades.

-Qué molesto ¿no, Joha?- me saluda el del noticiario del 8, un hombre mayor y a punto de retirarse que ha seguido del tal manera la historia del partido que es el único presente que puede afirmar que detesta este lugar más que yo.- Ya empezaron a llegar los candidatos, los que ya tienen puesto y los que les hacen la cola. Recuerdo cuando estabas ahí…- deja la frase en el aire y me sonríe.

Claro que lo recuerda si, él también estaba ahí, ido sin disimular en mis piernas, tal y como lo hace hoy, sin ningún decoro.

-Todo el mundo tiene derecho a tener 18…- le respondo, evasiva, mientras las niñas del candidato pasan de nuevo frente a mí.

“Las prometedoras futuras  concejales de sus provincias” pienso mientras las veo secretearse con el asqueroso tipo gordo y cuarentón que las trajo hoy a que lo acompañaran a verse joven.

-¿Cómo es que no se dan cuenta…?- me pregunto, melancólica, en voz algo alta.

-Yo pensaba lo mismo de vos- me responde el del 8. Luego algo capta su mirada y me  murmura- Ok, aquí vienen. Joha, relájate y sé profesional. Limítate a eso.

-Eso llevo tratando de hacer los últimos 10 años…- le contesto entre dientes mientras sigo su mirada. Al del 8 siempre lo he apreciado mucho, desde la U, a pesar de que sea un viejo verde.

Y como siempre, el del 8 sabe lo que dice: ahí están.

La pareja entra sonriente y saludando a todo el mundo.

Él ataviado con su caro traje sastre negro y su corbata azul; ella con su fino vestido de seda celeste. Él, amable, simpático, como exige su puesto; ella hermosa, elegante y cariñosa, como exige su candidatura.

“Candidatura que hoy sería mía si yo hubiera estado dispuesta, como él, a venderme por ese vestido”, pienso mientras miro mis tenis y sonrío sinceramente por primera vez en toda la noche.

-Nosotros amamos tus tenis- me susurra mi fotógrafo al oído, al pasar a mi lado. Él lo entiende, por supuesto.

“Pero es que ella no tenía elección” recuerdo con el apretón de mi fotógrafo aún marcado en la mano y mientras la sigo a ella con la mirada, “yo sí. A mí papá no le molestó cuando dejé todo tirado, abandoné la carrera de leyes, me di un año sabático y entré a periodismo; a mi papá no le molestó porque yo no era  ‘la hija de…’ y yo no tenía una imagen, ni era mi familia; no le molestó porque yo era yo; ella no…”

Y es entonces cuando recuerdo los cafés en las tardes, las pláticas de horas mientras cruzábamos las carreteras en un bocho, las huidas, las veces que la recogía yo en las noches para irnos de jerga y las veces que yo creía que arreglábamos el mundo mientras ella trataba de ganar las elecciones de la ‘U’ y yo trataba de evitar que nos quitaran las becas…

Porque ella no lo entendía, claro, no podía entenderlo.

No; ella con esa familia y con ese futuro jamás podría entender lo que era ser una mujer de clase baja en un país de primer mundo que iba (y aún va) en caída libre.

Mis luchas no cabían en su idea de la vida… y tampoco en la del partido de su padre.

Por eso la gente se sorprende cuando ella, aún hoy, aún después de mis publicaciones, ilumina su cara al verme.

-¡Joha!- me grita mientras me abraza y está a punto de tirarme.- Joha, bella ¡qué gusto me da verte aquí!

-Hola Mo, años sin verte- le contesto yo con una sincera pero retraída sonrisa. Luego no me aguanto y le suelto:- Felicidades por tu candidatura, por cierto.

-¡Ay ya, Johanna!- me reclama ella entre enojada y divertida- yo sé lo que opinas de esto.

Yo me muerdo los labios. Suelto una risilla y le contesto:

-Me alegra que lo sepás… y que sepás que aun así te sigo queriendo.

Y ella, como siempre, se ríe escandalosamente ante mis “pensamientos indiscretos”, para citar a su madre.

-¿Cómo están los chiquitos?- pregunto- Sofía muere por ir a ver Jime, pero yo le digo que no sé si su madre aún nos recibe en su casa…- y no lo logro, me estallo de risa.

-Sofi y su loca madre siempre será bien recibidas en mi casa- me contesta con reproche, pegándome en el brazo para que deje de decir lo que ella considera son estupideces.- Deberías pasar un día de estos y hacerme una entrevista decente y así las niñas aprovechan y juegan ¿no te parece buena idea?

-Mo, el periódico jamás me va a dejar hacerte una entrevista- le respondo poniendo los ojos en blanco- te quiero demasiado, mandarían a alguien más… Además, yo soy periodista, no la publicista que tiene que escribir cosas bonitas de vos.

-Odiosa- me espeta con la falsa seriedad de quien ya se prepara para inútiles y verborréicos pleitos legislativos.

-Necia- le contesto tratando de copiar su cara seria. No me sale.

-Papá me preguntó un día de estos por vos…- me dice ella, como quien no quiere la cosa, con su sonrisa pícara.

-¡Ay no…!- contesto yo, abriendo mucho los ojos- ¿no viene hoy, verdad? Mi jefe quería que lo entrevistara y yo no soy precisamente su periodista favorita, ni él mi entrevistado predilecto…- pongo de nuevo los ojos en blanco.

Ella se ríe escandalosamente.

-No- contesta al fin.- Tú sabes que papá odia estas fiestas; él solo trabaja, trabaja y trabaja. Ahorita está en Sevilla y…

-¿La crisis de Andalucía? ¿Qué opinás de eso, por cierto?- pregunto sonriente.

-¡Johanna!- me regaña ella- ¿No era que mi opinión no valía?

Ahora la que se ríe escandalosamente soy yo.

-Para hacerte publicidad no, para el tema andalúz sí porque de eso es de lo que Sofía come- le contesto, sosteniendo la sonrisa.

Mis ojos se mueven solos y se dirigen a su marido quien me observa fijamente como ha hecho todos los días desde que aparecí con el primer gafete de prensa, unas Hic-Tec, tinte rojo recién estrenado y una camiseta del “Che” Guevara en una Asamblea Nacional de su ahora partido, hace ya como 15 años.

Vuelvo a ver a mi amiga y me despido de ella.

-Ahora vaya, señora presidente, allá hay niñas que se mueren por saludarla- y la abrazo.

-Tal como eras tú- me contesta ella devolviéndome el abrazo y dándome un beso en la mejilla- pasáte por la casa un día de estos, Jime extraña a su madrina- otro beso.

Esta muestra sincera y extensa hace que el del 8 me mire con reproche (“¡sé periodista, Johanna!” casi lo escucho gritarme, tal y como hacía cuando me trataba de enseñar a llevar el periodismo político objetivamente, en la universidad) y yo, sin dejar de sonreírle a Mo, la empujo para que se apure.

-Quien te ve, dice que la quieres…- me suelta él, apenas ella se aleja.

-La quiero más que tú- le contesto, seca.

Los invitados siguen entrando.

“Un, dos, tres, probando” resuena en los amplificadores que tenemos detrás.

-Yo no le arruiné la vida a su familia- me reprocha él, sin asco y con ira.

-Tus corrupciones no son mi culpa- le replico, tratando de estar tranquila.

El del 8 me sigue viendo horrible y varias personas más, entre ellas unos cuantos colegas nuevos que no se saben la historia, políticos y algunas de sus colas, se le unen.

Me pregunto cómo vería yo el cuadro que estamos haciendo… y les doy la razón.

-Todo esto podría haber sido tuyo…- me murmura él, bajando un poco el tono a algo más melancólico.

-¿A qué precio?- le pregunto sin poder evitar bajar también mi tono, mientras lo miro de reojo.

Y es ahí cuando, de nuevo y contra mi voluntad, empiezo a recordar las manifestaciones, las reuniones y los ideales… el proceso que empecé hace ya tantos años con aquel joven idealista que soñaba conmigo en un mundo mejor.

Que soñaba con un mundo mejor hasta que la ambición de dinero y poder lo cegó, arruinó nuestra relación y lo llevó a casarse con mi mejor amiga y con su apellido, hasta convertirse en un tipo que es capaz de comerse en carrocerías de lujo de la Mercedes Benz las donaciones de la UNICEF para los pobres…

Recordar esas cosas no me gusta, pero aunque sea ridículo considerando que fui yo la que destapó ese robo y los de los fondos de pensiones que terminaron por financiarle la campaña electoral, Sofía cuando está en el país y no en una escuela en el extranjero donde por su seguridad vive con su abuela, a ese carro no se sube.

-El precio es lo de menos- me contesta él, después de quedarse callado un rato pensando, posiblemente, en cosas similares a las que estaba pensando yo.

-Depende del punto de vista…- le contesto mientras me empiezo a desesperar porque él, y el recuerdo de él que tengo, se aleje de mí.- Ahora váyase ya, señor diputado, vaya y sea el diputado y futuro primer caballero que usted eligió ser mientras yo soy la periodista que elegí ser yo.

-Así de sencillo lo ves todo ¿no? Johanna, las cosas son un poco más complicadas que sólo decisiones…- me reprocha él, mirándome con unos ojos que yo evito.

-No- lo corto.- Vos te decidiste vender y yo decidí que no. Y si no te doliera tanto haberlo hecho no mirarías mis tenis con la nostalgia con la que lo has hecho todos los días durante los últimos 15 años, José Luis. Ahora por favor vete, tu presencia me molesta y estamos haciendo un show.

-Johana, yo…- trata de tímidamente de agarrarme el brazo con afectación mal disimulada en aquellos ojos azules, en los que tanto confié alguna vez.

Yo lo corto.

-Sofía y mamá vienen a visitarme el otro fin de semana. Respetá el cariño que le tuve al ser  que alguna vez fuiste y no nos hagás tener que verte. Buenas tardes y que disfrutes el festejo.

-Sofía…- lo oigo susurrar mientras pierde la mirada.

Yo le doy la espalda y hecho a andar hacia los parlantes para poner el micrófono. Mi fotógrafo me ve y se acerca.

-¿Todo bien?- me pregunta, disimulando la preocupación.

-¿Andás blancos?- contrapregunto.

-Siempre- me responde con una amplia sonrisa- Poné la grabadora y mientras Mónica inaugura la vaina esta vamos a fumar, igual, ya sabés que va a decir ¿no?- pregunta desafiante, levantando la cega.

-Siempre- le contesto, riéndome- me mandó el correo con todos los discursos hoy en la mañana. Pero hagamos el papel y digamos que no tengo la nota hecha desde la tarde ¿sí?.

-Argollera…-me reprocha él, cagado de risa, palmándome la espalda.

El del 8 se me acerca. Tararea la de Los Cadillacs y me mira con gesto.

-Maldito Satánico Doctor- es todo lo que le contesto.

-Son la madrina de tu hija y el fantasma de tu mejor amigo y aun así no trabajás con ellos…- me lanza el del 8.

-Yo no me vendo, caballero. Eso me lo enseñó en la U un periodista televisivo que era profe mío y que siempre me veía las piernas sin decoro alguno… No sé si sabrás quién es.

Él se ríe y se sonroja un poco.

-Es que, mamita, ¡qué piernas! Es lo único que no me gusta de tu look con tenis…- me dice entre risas- ¿Vamos por un trago ahora?

-¿Para qué? ¿”Para tomar por vos, otro trago para olvidar que el miedo te comió los pies y que ahora sos un tipo más y que poco a poco te fuiste yendo y que poco a poco te fuiste yendo de nuestro lugar”?- le canto divertida- Porfa, lo necesito.

-Ok, quedamos.- El del 8 se da vuelta y camina un par de pasos. Luego voltea hacia atrás y me observa de nuevo con gesto. Se me acerca hasta quedar a un palmo de mi nariz y me dice sin verme a los ojos:- Nunca he entendido como la madrina de tu hija no se ha dado cuenta de que su ahijada tiene los mismos ojos azules que su marido…

Ahora sí me clava la mirada.

Yo inhalo y exhalo dos o tres veces y sonrío con tranquilidad.

-La madrina de mi hija siempre ha sabido que el padre de su ahijada murió cuando la niña aún no había nacido. El esposo de la madrina de mi hija sabe que eso es cierto, que lo mató el satánico doctor avaro y corrupto que vivía con él…- le contesto al del 8, mirando hacia otro lado.

El del 8 suspira, me da la espalda y vuelve a caminar.

-Yo pago el whisky de hoy- me dice caminando en dirección opuesta.

-¡Gracias!- le contesto con una gran sonrisa, mientras me devuelvo a lo mío y pongo la grabadora a la par del parlante.

Presiono “REC”, justo en el momento en que empieza la canción del partido y me doy vuelta lista para salir del salón de eventos del hotel para ir a fumarme un cigarro… o dos.

La gente me observa de nuevo. Colegas, políticos nuevos, colas, ujieres, todo el mundo me ve pero yo no los veo a ellos.

Yo camino y los dejo atrás junto al señor diputado para canten con él una canción que hace años mi difunto amigo odiaba y que su sombra vocifera junto a su esposa, la futura mandataria nacional a la que, igual que su padre, le gusta creer en un mundo sin pies y sin cabeza.

-¿Cuánto valen tus tenis?- me pregunta mi fotógrafo. Esa es la misma pregunta que me ha hecho cada vez que, durante los últimos 15 años desde que empecé mi práctica en periodismo, mis pensamientos van hacia donde él sabe que están ahorita.

Yo sonrío y miro al suelo nevado que ensucia mis zapatos.

-Valen la libertad de mi hija y la mía- le respondo mirándolo a los ojos con una sonrisa.

Sofía. Tenis. Tabaco.

-No sé cómo hace la gente para ser profesional sin esos elementos- suelto mientras saco de mis pulmones la última bocanada.

Escuchamos gritos adentro. Mo acaba de anunciar su candidatura.

Suspiro y mi fotógrafo señala la entrada con un gesto. Yo asiento.

Antes de ingresar me miro las tenis, están sucias, llenas de barro y aguanieve.

Mo sale corriendo y me abraza fuerte antes que a nadie más. Le devuelvo el abrazo sincero y por dentro deseo que gane, es sumamente buena y creo sinceramente que, a pesar de su partido, es lo que el país necesita… Poco tiene que ver en eso lo sucias que estén mis tenis.

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