Imagen de Anónimo

Login


Vuelo de ida

Blog de la comunidad

Las opiniones emitidas en este blog pertenecen a su autor y son independientes del contenido editorial de 89decibeles.

Salió loca de la casa.

Llaves, algo de dinero por si llegase a necesitar cerveza, celular con datos desconectados y una sudadera para combatir al invierno que recién entraba.

Salió huyendo. El olor de las cajas que ahora inundaban toda la casa ya la habían sofocado lo suficiente.

Cuando tomó las llaves, vio por el rabillo del ojo la pasaportera desde donde le esperaba el boleto de avión y el contrato del piso nuevo. Ambos documentos la habían reconfortado tanto durante las últimas semanas que ni siquiera había sentido la necesidad de empacar. Hasta la noche de ayer cuando entre una y otra copa de las que hablan de más, un desconocido le advirtió del cuidado que debe tener uno cuando huye.

Y ahí se percató de lo insoportable que era desayunar todos los días con los envoltorios de los regalos de boda aún bajo los sillones.

“¡Esto tiene que irse!” – pensó durante el café de la mañana y se sumergió entre las cajas de cartón y las bolsas de basura, a recoger más cajas de cartón que estaban llenas de arroceras, coffe makers, sartenes y juegos de porcelana que, sin abrir siquiera, fueron comprados pensando en ser útiles durante años en un nuevo “home, sweet home”.

Metió en bolsas la ropa sexy que sus amigas le habían regalado para la noche de bodas, el álbum de fotos vacío que esperaba recuerdos de un evento que no llegaría jamás y también la cajita azul de terciopelo en la que llegó a la oficina, al mismo lugar en el que se conocieron, un anillo con un trozo de papel de arroz, que preguntaba la disposición a pasar todos los días del resto de la vida con las manos tomadas.

Extrañamente, nada de esto la afectó, ni siquiera el vestido de novia: lo guardó sin mirarlo mucho más que hacerse una idea de en cuánto vendería aquella magnífica pieza de tela blanca con cristales incrustados y tul. Decidió poner el precio en euros para acostumbrarse a la nueva moneda y, sobre la caja con el enorme lazo y la seda, como la suelen enviar de las tiendas, le puso un post it que decía “e-bay” y lo dejó para regresar a acabarse el café.

Salió inmune de todo el color blanco. De hecho, se consultó si eso no la haría una desalmada.

Fue la última bolsa de basura la que casi la mata.

Abrió la gaveta superior de su armario y los encontró: la caja de zapatos que contenía los nunca estrenados zapatos de tacón rojos con los que se soñó prometiéndole estar con él para siempre, colocados sobre la sudadera negra que le prestó el día que le pidió que fueran novios hace ya tantos veranos y que dentro de su bolsita conservaba el cachetero negro que le quitó el día que festejaron la respuesta positiva que recibió al anillo en la oficina.

Empezó a hiperventilar.

Y entonces, a como pudo, logró vestirse, calzarse los tenis y salir corriendo para alejarse del olor al cartón en las que ahora cabían todos los planes que se cayeron del cielo.

 

Él la había llamado varias veces desde que le a ella le tocó enviar el correo a los invitados. Ella se había consolado en otros brazos otras tantas veces. Él se había cortado la barba que ella tanto amaba. Ella se había cortado el pelo hasta la nuca.

Le preguntaban a veces sobre su disposición a volver, ella también se lo había preguntado a sí misma, había estado tantas veces dispuesta a tantas cosas y tantas veces las tantas cosas habían cambiado… Hasta ahora. Ahora era la respuesta la que ya no cambiaría más.

Porque no era la infidelidad la que había tomado la decisión, era la deslealtad de no respetar su deseo a no saberlo jamás y el hecho de hacerlo tan mal como para permitir que las consecuencias de la despedida de soltero en México le hicieran el daño que le hicieron.

-Quien ama no deja que seamos conscientes del daño- decía el post it que pegó en el portal del apartamento y con el que le anunció que había cambiado los llavines de la casa y que toda su ropa iba ya en un contenedor rumbo a Pensilvania, a la casa de su madre.

A veces claudicaba, era cierto. Cayó y le contestó un par de veces en los últimos dos meses. En algún momento incluso conservó ilusiones y suponía que por eso fue que tardó tanto en tirar la basura; pero como las conversaciones siempre terminaban con el “es que yo”, “es que tú” y sin ningún “nosotros” y a ellas siempre le seguían mails que llevaban a México todo el veneno que aguantaban empaquetados en besos, la respuesta final siempre volvía.

Era masoquista guardar su contraseña del mail, lo sabía. Pero él era lo suficientemente idiota como para no creer que hacía falta cambiarla contraseña y ella era lo suficientemente suicida como para violar su privacidad de tanto en tanto.

Y así volvía la certeza del no a inundarla de nuevo y a robarle fuerza a la prisa.

Recordó el “te amo” que vino pronto y el “lo siento” que, cargado del equipaje del orgullo, jamás terminó de llegar y se sintió, de nuevo, como Carrie Bradshow cuando la plantó Big. Recordó que le amó pero que se amó más y samantheándose, se acordó también del sabor de la piel de Dante y de sus ojos verdes, de su pecho desnudo y de su barba raza y rubia, tan diferente al grueso cabello negro del cuál buscó el tan anhelado consuelo.

Y es que habían pasado sólo dos meses… ¡hostia!

 

El frío invernal del otoño que se despedía de Washington le congelaba un poco las manos mientras la velocidad iba perdiéndose; en España también había un otoño, un invierno, una primavera y un verano y algún día ya no haría más frío; eso la consolaba bastante.

España fue luz en la noche en la que estuvo a punto de morirse: el correo de la empresa informándole que su proyecto había sido aceptado le llegó a las 9:21 am, hora española y la sacó de la horrible madrugada en la que el verano mexicano la tenía hundida con una fuerza que la liberó de él para siempre.

Empeñó los tres anillos de oro puro apenas amaneció y compró el primer tiquete de avión que encontró.

Esa fue la primera vez que salió de casa y la primera borrachera inmunda que se pegó en su nombre; de eso habían pasado ya 5 semanas.

Y él colapsó, por supuesto.

La quería, por supuesto, pero, por supuesto, no sabía querer. Él quería una esposa, cuatro paredes, una cama y unos hijos y ella trató de dárselos y por eso renunció a su trabajo anterior, se olvidó del concurso español y a la fuerza acalló las voces que le gritaban lo mucho que se estaba engañando.

Él terminó por volver a la casa de su madre y luego de un tiempo, un día se cansó de escribir a México.

 

-Pero fueron las mismas estrellas que un día marcaron mis manos y apartaron la flor, esa flor de mi vida, de mi vida-

 

Fuera, la temperatura estaba en unos 8 insoportables grados para una miamense; dentro, la esperaban unas cajas, un vestido que había que vender en e-bay… un par de zapatos rojos y la certeza clara, la única que tenía, de que no quería volver a ver ese par de zapatos jamás.

Si escribiría para atrás o para adelante eso era un completo misterio, lo único de lo que estaba segura era de que lo haría con otro lapicero, jamás con el anterior.

En eso pensaba mientras volvía a casa a cumplir el deber y los pájaros, más rápido que ella, le traspasaron el cielo sobre su cabeza y la de Lincoln en su rumbo al sur, a su sur… Los observó un rato, decidió tatuarse una flecha y continuó su camino hacia el este.

Se prometió llamar a Dante alguna otra vez antes de irse y despedirse así del Washington del que nunca pudo terminar de enamorarse.

El vuelo estaba programado para dentro de una semana, tendría que ser su madre la que finalizara la venta del vestido. Su prima se acaba de ir a vivir sola, quizá hasta la lencería de Luna de Miel le serviría...

Entró a casa y ejecutó el trámite final rápido y conciso, como con un bisturí: sacó los zapatos de la caja, el cachetero y el suéter, los metió en una bolsa de Wallmart y volvió a salir. Duró menos de 5 minutos en ir y volver del basurero más cercano.

Estaba hecho. Siempre lo estuvo. Por eso, a pesar de que el proyecto con la empresa duraba 6 meses con posibilidad solo posible y no certera de contratación, no compró el tiquete de vuelta.

Sólo había ida. Eso era lo único que estaba decidido.