Imagen de Anónimo

Login


Más allá del aurora y el Ganges

En 1977 Jorge Luis Borges realizó una serie de siete conferencias en el Teatro Coliseo, en Buenos Aires. Una de estas trata “El libro de las mil y una noches”, en algún momento intenté utilizar partes del texto para formar una definición de Oriente. No logré ese objetivo, el texto del argentino no admite cortes y descontextualizaciones a las cuales estoy tristemente acostumbrado, este trabajo es, acaso, una síntesis de la misma conferencia.

¿Cómo definir al Oriente?, no el Oriente real, que no existe. Oriental y Occidental son generalizaciones, pero ningún individuo se siente oriental. Se sentirán chinos, persas, hindús, mongoles, pero no orientales. Oriente es, en todo caso, una categoría terriblemente occidentall. De la misma manera, dudo mucho que alguien se sienta genuinamente latinoamericano (pero eso vendrá próximamente).

 Hay siempre que lidiar con las palabras “oriente” y “occidente”, las cuales son tan verdaderas como indefinibles. Si no nos lo preguntan, lo sabemos; si nos lo preguntan, lo ignoramos. Oriente es lejano, lejano lo digo porque lo sentimos siempre mayor y misterioso, no por azarosas delimitaciones territoriales e históricas. Y creo que, en nuestro capital de conocimiento occidental el descubrimiento de “oriente” se ha dado más que todo por libros. Los cuales en el mejor de los casos son acaso rumores.

 El principal de ellos es el “Libro de las mil y una noches”, al cual volveré en un momento, el cual es un libro excepcional (o una serie de libros, personalmente nunca he visto un ejemplar entero con todos sus volumenes). Excepcional en el sentido primeramente literario y segundo en el sentido cultural. Para el “medio oriente” representa aspectos claves de su cosmovisión y para los occidentales representa la misteriosa ventana por la cual se puede entender ese oriente que no existe.

 Los origenes de Occidente son conocidos a todos. Se puede decir que lo que define a los occidentales es que sólo son occidentales a medias, ya que son ,en todo momento, la combinación de dos civilizaciones: Roma, la occidental e Israel, la oriental. Esto no basta como una definición rigurosa, o científica, pero, en todo caso, la unión entre lo oriental de la cultura judía y lo occidental de las culturas griegas y romanas se intuye de forma casi natural.

 Para hablar de esto hay que hablar de los “encontronazos” de occidente y oriente. El primero de ellos siendo la invasión griega, por Alejandro, a Persia e India. Los chismes históricos provocan imágenes espectaculares, “Alejando Bicorne” (el que tiene los dos cuernos del Oriente y el Occidente), durmiendo con una copia de La Ilíada bajo su almohada en Babilonia. Encontronazo que afectó profundamente a ambos “hemisferios” culturales y que ha desdibujado y puesto en cuestión la división entre ambos.

 Otros encuentros son registrados en la historia, Virgilio acariciando una seda y preguntándose de acerca del país de China, el califa Harun al-Raschid enviando un elefante de regalo a Carlomagno (chisme histórico sin confirmar pero de vital importancia). Las cruzadas y más importante, las historias que trajeron los cruzados y las memorias de Marco Polo.

 No es raro encontrar figuras históricas y mitos tan similares que hacen cuestionar la “orientalidad” de los países islámicos, o lo que conocemos como la zona del medio oriente y las supuestas diferencias con el occidente. El “Libro de las mil y una noches” es un caso especial de esto. Por ejemplo los genios de “Las mil y una noches” saludan haciendo alusiones a Salomón (Solimán); el cual es ante todo una figura de esa “media orientalidad” que tenemos todos los occidentales, el arquetipo de la racionalidad griega traducido y colocado en Israel. 

 Según su traductor al inglés Richard Francis Burton, en el siglo quince, en El Cairo, se recogen una serie de fábulas. Una serie de fabulas con una historia extraña y poco clara. Según se puede suponer las mismas fueron habladas en un principio en India, luego pasaron oralmente a Persia, Asía Menor y finalmente son compiladas en El Cairo con quizás el mejor titulo de la historia: Libro de las mil y una noches. El núcleo de la serie de cuentos que representa “Las Mil y una noches” se origina en India, de ahí pasan a Persia, donde son modificados, se agregan otras historias y se “arabizan”  y llegan finalmente a Egipto donde son compilados, en una compilación que aparentemente precede de otra con origen persa: “Hazar asfana, Los mil cuentos”.

 Acá entramos en una parte, una diferencia, entre la cosmología oriental y la occidental. La Historia (en mayúscula) y la cronología son fabricaciones necesarias para los occidentales. El origen de Las mil y una noches es irrelevante para los orientales. No hay historias de la literatura persa o historias de la filosofía hindú (al menos, no hay compilados “antiguos” antes de la occidentalización, estoy seguro que ahora hay miles regadas en las universidades de Turquía, Mumbai o Irán). En oriente se considera culturalmente que la filosofía, la literatura y la poesía son procesos eternos.

 En 1704 se publica la primera versión europea, seis volúmenes  traducidos al francés por Antoine Galland. Oriente se instala definitivamente en la conciencia europea, que era, para ese entonces, todo el occidente que había. Se produce una suerte de pequeño escándalo en la corte francesa de Luis XIV, el cual viene saliendo de la legislación de Boileau y sus políticas culturales “racionalistas” que esconden el nacimiento del occidente moderno, pero el “daño” ya está hecho, se podría decir que el romanticismo europeo empieza en ese mismo momento.

 Vienen otras traducciones, la de Edward Lane y la de Richard Burton, las cuales, ya como buenas publicaciones occidentales, vienen acompañada por una “enciclopedia de las costumbres de los musulmanes”, en el caso de la de Lane y por un estudio antropológico en el caso de Burton. A veces se extraña la despreocupación de Versalles. Finalmente es traducida al español por Rafael Cansinos-Ansséns.

 Otro chisme histórico apunta a la posibilidad de que uno de los cuentos más famosos de la colección: Aladino y la lámpara maravillosa fue en realidad escrita por Antoine Galland. Esta ya aparece en la versión de Galland, pero Burton buscó en vano el texto en árabe o persa. Inclusive al mismo cuento se le han agregado elementos por parte de otros escritores occidentales como De Quincey (el mago de Magreb posa su oído en suelo y oye las pisadas del único hombre capaz de sustraer la lámpara,  luego viaja a China a buscarlo). Es un bonito chisme, Galland, el occidental, contribuyendo al proceso eterno de la obra “oriental” por excelencia con una naturalidad insospechada que sólo a la paranoia académica de Burton provocó preocupación. Se intuye que quizás es por ello que este preciso cuento es el que más esta imbuido en la memoria colectiva de los occidentales; al punto que parece ser el más exitosamente representado por las industrias culturales en versiones cinematográficas.

 ¿Qué es Oriente? Si lo definimos de modo geográfico nos damos cuenta que parte del Oriente es Occidente, o lo que para los griegos y romanos fue Occidente, ya que se entiende actualmente que el norte de África es “Oriente”. Al decir “Oriente” creo que no se puede evitar caer en la trampa cultural de pensar en el Oriente islámico y por extensión el norte de la India. Esto en gran parte porque nuestra intuición de Oriente proviene de un libro, un libro que por su origen compartido entre Occidente y Oriente se puede digerir con facilidad. No en balde es mucho más popular en este lado que del otro.

 Al final, Oriente simplemente para nosotros es “lo lejano”, me quedo con la resumida y modesta definición del poeta Juvenal: más allá del aurora y del Ganges.

David Eduarte — Escritor, fumador y poco más. A la espera de una vida glamorosa, donde sus defectos y su estilo de vida sean celebrados por jovencitos y jovencitas ansiosos de ser reconocidos en alguna escena “under”. Se dedica a escribir cuentos (cada vez menos) y artículos desechables (cada vez más) que publica en cualquier medio con un equipo editorial que comparta estos defectos o, al menos, que sea lo suficientemente despistado para dejarlos pasar.
1754 lecturas