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Sacudiendo adornos

Blog de la comunidad

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 Solo el diablo, y Mao Tse Tung, sabrán cuanto llevaba esa gotera. El diablo porque dicen las viejitas creyenseras que le gusta hacer a la gente burra (rompiendo libros y haciendo que los niños no vayan a la escuela y se queden gastando alguna esquina) y Mao, junto a Marta Harnecker, Engles y Manuel Mora, porque fue su pequeño librito rojo el que recibió toda la furia de mi negligencia para con mi techo y mi librero. Igual, el daño estaba hecho, y en realidad… no era tan grave.

 Más allá de la gotera y el duro golpe a la “vanguardia” lo que me preocupo era el estado tuguriento en el que se encontraba mi librero (que no es un librero per se, más bien un par de tablas aseguradas a la pared encima del escritorio que sólo uso para apilar mis cosas); lo cual me llevo a limpiarlo.

 Mientras bajaba los libros, algunos con las páginas ya grises de llevar tanto abandono y espolvoreados con comején del techo, empezó a resonar una y otra vez una frase que había leído en otro lado “los libros están de adorno, los libros están de adorno, los libros están de adorno”, una y otra vez se repetía aquello, combinándose por la divina providencia con Patti Smith que cantaba Redondo Beach. You never return into my arms because youre gone, gone se transformaba en los libros están de ador-no. Los libros están de adorno, bueno, ¿lo están?

 Rápidamente caí en un trance repetitivo, el encefalograma en línea recta, mientras se secaban las tablas, las cuales tuve que limpiar con un trapo húmedo que convirtió todo en un extraño concreto de polvo húmedo y telas de araña. Agarraba un libro, la mayoría de las veces no ponía atención cual, lo sacudía con una escobilla y lo apilaba con los otros libros “limpios”. Rápidamente los accidentes temporales empezaron a ocurrir, caía un separa-páginas de cortesía de alguna librería y recordaba (más o menos) cuando fue que compré ese libro.

 Al fin agarré “El Lobo Estepario” de Herman Hesse, un libro para adolescentes que leí en la adolescencia y de este cayó una fotografía. Era una de esas fotografías bastante ñoñas que te toman al terminar la secundaria, en undécimo año, la toga y el birrete, el mal maquillaje y la sonrisa hostil hacia el tipo que te repite “¡pero sonría joven! ¡sonría!”. Era la primera chica que alguna vez me había gustado y recordé que compré ese libro (con el dinero que mis padres) a los catorce años y únicamente porque ella lo leía durante los recreos. El libro lo odié, en serio, Hesse era un delincuente. Claro que nunca se lo dije a la chica de la foto, jamás, era mi excusa para hablarle y creo que guardé ese secreto hasta ahora, donde no hay peligro de nada y somos viejos amigos. Y bueno, uno era así de joven, luego crecí un poco más y seguí igual por un buen tiempo.

 Miré la cantidad de libros de Julio Cortázar que tengo, comprados con mi plata durante los primeros años de la universidad, y no podía evitar pensar en el hecho de que nunca me gustó Cortázar, de hecho,  lo responsabiliza directamente a él y a su novela somnífera “Rayuela” de un par de fracasos. Pero en fin, seis libros de Cortázar en mi propiedad, todo porque en mis primeros años de la universidad me engañaron y creí que a las chicas les gustaba leer Cortázar y, bueno, no me podía quedar atrás.  Tengo más ejemplos, pero ya deje bien claro que de joven era un tarado.

 Por suerte me volví más viejo, avaro y, quizás, amargado. Empecé a tenerle más aprecio a la plata que me ganaba como para gastármelo en porquerías que a alguien más le podrían gustar. Estos libros, comprados, copiados y robados de forma más concienzuda, si los limpié con cierto cuidado y alegría; hasta los aparté para la tabla de abajo, la que está a altura de los ojos y al alcance de las manos.

 Entonces recordé a Mao y a la vanguardia socialista; y recordé que mi padre también fue joven en algún momento y que, antes de ser un viejo suficientemente sabio para declararse “anarquista enclosetado”, anduvo con esos libros, quizás tratando de impresionar a las chicas comunistas, y no pude evitar sentir cierta ternura por la oz y el martillo… los adornos de mi tata, pensé. Los tomé, los que aun quedaban, los limpié, apilé y los puse en una caja en el cuarto de pilas, donde no les va a caer el agua de futuras goteras.

 Los libros están de adorno, pero vos estás en exhibición.

2 comentarios

Bueno, el hueco de las telarañas (donde los libros residen) reflejan mis gustos y mis variedades por la escritura. Reconozco que mucha de la literatura la tengo abandonada, y mucha de ella se debe a mujeres. sleeping Pero ahora, un tanto más grande, seria mejor donar los que se pueda, para que no pasen al área de goteras perennes y se destruyan. Porque un libro sin usar es un libro mal aprovechado. Por lo menos hasta que el ácido del papel termine por destruirlo. ROFL

Imagen de carlos.somet
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Empezó: 9 Jul 2012
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¿Regalarlos? Que disparate.

Imagen de Eduarte
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Empezó: 27 Jun 2012
Karma: 63