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Rivalidad madre e hija

Blog de la comunidad

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Hoy he querido subirles un articulo de hace unos años y que habla de este tema tan ya conocido por algunos. La relación madre e hija, relación que se supone debería ser de las más bonitas en la vida pero que muchas veces se torna en la mayor complicación de nuestras vidas. Yo nada más espero que cuando sea mi hora de ser una madre pueda luchar contra estas conductas tan perjudiciales. 

Octavio Paz

* * *

Los hombres quizá no lo saben, pero el tema del que la mayoría de las mujeres prefieren hablar entre ellas, no es de ellos, sino de sus propias madres”, Caroline Eliacheff (Psicoanalista) y Nathalie Heinich, (socióloga) en “Madres e hijas”, (Meres-filles. Une relation a trois) ¿Será una provocación de las autoras? Quizá. Pero, una provocación que nombra una verdad innegable. La mayoría de las mujeres, hemos pasado muchísimas horas de nuestras vidas, hablando –entre nosotras- de nuestras madres. Intentando entender. Lo bueno. Lo regular. Lo malo. Lo analizable. Lo verdaderamente inentendible. ¿Un “destino femenino”, pre-determinado? ¿decretado? ¿ineludible? En tanto que hija de los deseos de la madre ¿O la libertad –ganada con frecuencia a contrapelo- de elegir cada una su propia feminidad? La que se construye reconociendo nuestras necesidades, y nuestros deseos. Con todas las culpas que implica. Marcarle un límite a la madre. A la demanda materna. En una relación que se construye de entrada, en la total dependencia de la hija. En su fascinación –al menos en los primeros años- por la madre.

Las memorias de momentos en los que nuestras madres fueron protectoras (no “devorantes”, sino protectoras) las atesoramos. Con nuestros hijos, repetimos esos gestos. De certidumbre. De amor. Quisiéramos pensar que la relación se dio en el apoyo, y en la ternura. Que el amor materno, le ganó al pleito –consciente o no- entre mujeres. Que la madre tuvo la madurez emocional, como para respetar y apoyar la feminidad de su hija, y que el padre tuvo la madurez emocional, para no fomentar la rivalidad entre su pareja y su hija. Y que si bien, los vínculos humanos se dan en sus claro-oscuros, hubo más luz, que oscuridad. Retomando a Melanie Klein, sentir que el “seno bueno”, estuvo más presente, que el “seno malo”. Eso quisiéramos. Las hijas. Es probable, que de un lado y del otro, el deseo intenso, sea el de contarnos una historia de mutua comprensión y de ternura. Esas relaciones madre-hija sanas, amorosas y respetuosas suceden. Se sostienen a través de la vida, en un proceso de enriquecimiento mutuo. ¿Qué pasa cuando no? Gritos que encubren el silencio. Silencio que encubre el dolor. Rabia y “desilusión”, de la madre. Desamparo, enojo, culpa, de la “hija ingrata”.

Nos cuesta trabajo hablar, de esas relaciones madre-hija, que arrastran abismos. Cuando fueron más fuertes, el malentendido y la disputa, que el acompañamiento. Cuando las insatisfacciones de la madre, se cobraron en la hija. Cuando la madre cargó a la hija, de conflictos y dolores de adulta, como si la niña-adolescente, tuviera que compartir “cargas”, que no le correspondían. La hija trata de entender. Busca las razones del desapego, en la vida de la madre. En su relación con su propia madre. En sus abandonos. En sus miedos. ¿Por qué nos importa tanto? Porque del desapego materno, es indispensable sanarse. Sanarse de esa culpa grande-tantas veces inconsciente- que provoca en la hija, una mala relación con la madre.

Lo que vivimos como desamor materno, duele y marca. Si la madre fue fría y distante, si rivalizó con su hija, si se empeñó en “poseerla”, como si fuera un objeto. Si la convirtió en un reflejo de sus fantasmas inconscientes. O todo lo anterior. En el caso de las madres fusionales: “La hija se vuelve, tan dependiente de la madre, como la madre de la hija. Pero la simetría de sus posiciones, no es más que aparente, dado que es la madre quien al detentar el control de la relación, construyó el marco en el que la relación se mueve”, (Eliacheff, Heinik) Una madre que rivaliza con su hija, tiende a sostener el discurso –reiterado- de ser madre “víctima”, de una “mala hija”. Y la hija ¿qué hace? Puede asumirse como “la mala”, y actuar en consecuencia. Puede hacer esfuerzos desesperados por demostrar que no lo es. En la variedad de reacciones posibles, ante el juicio y el rechazo materno, está confrontada a un problema mayor: una madre sumida en la rivalidad, difícilmente reconocerá los esfuerzos y las virtudes de su hija. A menos que sienta que están allí, no para enriquecer a la hija, sino para servirle a la madre.

Es el caso de la madre, que puede ir de mesa en mesa re-creando los logros de su hija, pero que jamás felicitaría a la hija misma. La que cambia súbitamente de tema cuando la hija le platica que le fue bien. La que le explica a una niña de diez años, que su Legión de Honor, no se la merecía, seguro se la “regaló la maestra”. La que le dice a la hija que el vestido le queda pésimo. La que compara continuamente a su hija con sus amigas: “¿Por qué no bailas como fulanita? es tan graciosa”, “¿Por qué tu amiga teje tan bonito y tú eres torpe?”. La que rompe en pedazos –con una furia aterradora- una foto, en la que su hija está en traje de baño, porque: “Sólo una enferma vanidosa, podría guardar en su álbum, una foto en traje de baño”. La que le explica a su hija que es justo “el tipo de mujer”, con el cual “ningún hombre se casaría”. La que es incapaz de apoyar a su hija, cuando la necesita. Y etcétera. Hasta el infinito.

La hija “inadecuada”, ante los ojos de la madre. O ante sus palabras, crece con esa culpa absurda, esa sensación de desasosiego: “No soy la hija que mi madre hubiera querido”. “La desilusiono”, “Soy ‘mala’, puesto que la hago sufrir”, casi como si los deseos y los logros de la hija, sucedieran contra la madre, que –agredida (no por la realidad, sino por su propia rivalidad- los niega. “Soy nula, nada de lo que hago le parece a mi madre suficiente”, o “Debo ser muy fea, mi mamá siempre está a disgusto con mi apariencia”. ¿Por qué importa tanto? Fue nuestro primer amor. Nuestra brújula. No quisiéramos repetir en otras relaciones, ni los modos de un mal vínculo con la madre. Ni sus consecuencias. Por años, las miradas paterna y materna, definen la auto estima de un/a hijo/a. Muchas veces me he preguntado, cuando una mujer se ve a ella misma, con demasiada dureza ante el espejo: ¿Con los ojos de quién se está mirando? Cuándo se juzga con una rudeza excesiva ante sus fallas, o se inventa más fallas de las que están ¿Con los parámetros de quién se está juzgando?

Una amiga me llamó muy angustiada, cometió un “acto”, que consideraba auto-sabotaje, y que la llevó a perder una oportunidad de trabajo que anhelaba. “La arruiné. No soporté, el pánico que me daba, que se cumpliera mi deseo”. ¿Qué le provocaba ese pánico ante su deseo y su derecho a cumplirlo? Primero, tenía claro, que si el candidato al mismo puesto hubiera sido un hombre, ella no hubiera cometido su “error”. Pero era una mujer. No soportó el dolor de la competencia con esa otra mujer, aunque fuera una desconocida. ¿En el lugar de quién (antiguo y amado) colocó a esa desconocida, hasta el punto de de preferir auto-descalificarse, antes que tener que soportar la angustia de “ganarle”? en una competencia abierta y leal, por un trabajo.

Habló del dolor que sus éxitos en la escuela, provocaban en su mamá. De cómo mi amiga, casada y con un hijo continuó sus estudios, apoyada por su marido, en medio de amenazas apocalípticas de su madre: “Tu matrimonio va a fracasar, tu hijos va a salir mal, si querías ser profesionista, ¿para qué te casaste? No se puede tener todo en la vida”. La hija se encontró, con que no sólo tenía una pareja y una familia sólidas, sino que podía lograr un espacio de decisión muy creativo. Se le cayó encima el too much. El pánico ante el “castigo”. ¿De qué iba a ser castigada? Quizá de que su realidad, sus logros, su bienestar, contradijeran las palabras de su mamá. Que a ella le significaban, mucho más que meras palabras. Sus logros “agredían”, la tristeza de su mamá.

“Sentí que desde niña me decía: ‘No intentes tener más que yo, porque te va a ir muy mal’”. “Pero tú no quieres tener más, tú quieres lo tuyo”. Ella lo sabe muy bien, en el espacio de la razón. Pero no logra sanar, ese espacio otro, en el que le otorgaba un poder de ¿premonición? ¿Maldición? ¿Castigo inminente? A las “profecías” maternas. La hija se falló a sí misma. Para no “fallarle”, a la madre. ¿Cómo le “fallaba”? colocándose en una situación en la que esa madre –tan dada a la rivalidad- se sintiera “superada”.

Las madres que rivalizan, suelen repartir arbitrariamente atributos entre una hija y otra. Terminan acotándolas a las dos. Limitándolas en su libertad de construir su propia personalidad. Una hija, puede ser elegida para “reproducirla”, la hija-espejo, mientras que la otra será la elegida para convertirse en la mujer que ella hubiera deseado ser: la hija-aspiracional. O una es “la bonita”, y la otra “la inteligente”. O “la muy femenina”, y “la masculina”. “La razonable”, y “la loca”. Las posibilidades de repartición arbitraria, son vastísimas. Cuando es el caso, la madre se relaciona con cada hija a partir de estos determinismos, que en principio son suyos, y no de ellas. Pero que las hijas corren el riesgo de actuar, como “destino” anunciado.

“Este abuso madre-hija, es un ‘abuso identitario’, dado que la niña queda colocada en un lugar que no es el suyo, y correlativamente desposeída de su propia identidad, por la persona misma, que está a cargo de ayudarla a construirla…No es una cuestión de cantidades de amor, lo que cuenta, es la calidad del espacio permitido entre la madre y la hija, y la manera en que puede ser habitado”. Las autoras señalan un punto muy importante, el que determina quizá, que el círculo vicioso de la mala relación se prolongue por décadas: Ante una madre distante y fría: “Hay un riesgo para la hija, al ir a rogarle a su madre, exactamente eso que su madre no puede darle: amor, reconocimiento. Rogando por eso que la madre es incapaz de dar, ejerce una violencia involuntaria contra ella. La respuesta de la madre “agredida”, por su propia imposibilidad, no puede ser más que de agresión, lo que refuerza la situación de dolor de la hija”.

¿Has vivido o presenciado la rivalidad madre-hija?

¿Crees que cuando existe, es posible suavizarla?

¿Por qué y cómo tendemos a negarla?

¿Cómo podría sanarse la hija? ¿Y la madre?

La botella se fue al mar. Nos escuchamos.

* * *

-Vagón biblioteca: La asfixia, Violeta Leduc. Atrapadas en la madre, compilación de Beatriz Espejo y Ethel Krauze, (Alfaguara)Madres e hijas, compilación de María Teresa Priego, (Cal y Arena)

-Vagón videoteca: Sonata de Otoño, Ingmar Bergman. Mi mamá, yo y mi mamá, Wayne Wang. Mamá queridísima, Frank Perry.

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