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Ser Sebastián

Desempolvé este cuento que escribí hace un poco más de un año. Aclaro desde un principio que es extenso y que cualquier crítica es bienvenida. Dice:

Ser Sebastián

Y es que todo era tan simple cuando Sebastián estaba vivo, mamá siempre andaba de buen humor cantando por la casa, todas las flores del jardín florecían más a menudo, la comida sabía mejor, y había un sentimiento de algo que se parecía mucho a la felicidad en el aire. Sólo era Diego con ese odio un poco cómplice que no encajaba en todo, yo, tan Diego, tan imperfecto a los ojos de mamá y sus deseos de tener mil “sebastianes” que le cuidaran la casa e hicieran las flores echar colores por los campos.

Y de pronto Sebastián con esa tos terrible en la madrugada y esa respiración como de guitarra gastada y todos sabían que se iba a morir, incluso su novia, la perfecta Matilde, con esos ojos de cielo y esa mirada de caída libre, de suelo frío, de viento con agua en gotas. Ella lo sabía pero nunca se lo decía a él, porque el muy incrédulo pensaba que se iba a curar de esa tos e iba poder salir a cuidar las margaritas que pronto tenían que estar listas, para que mamá las pusiera un florero con aquel sol del Caribe que cae por las tardes en el balcón.

Tenía unos cinco años de estar con Matilde, el tenía 17 cuando la conoció porque me acompañó una tarde al gimnasio que nosotros frecuentábamos. Yo tenía 15, igual que ella, y estaba enamorado, pero al perfecto Sebastián no le importó cuando ella se tiró a sus brazos con la intención de que él terminara de quitarle el brillo de la niñez que le quedaba en los ojos, y le fuera quitando una a una las capas que necesitaba dejar para ser una mujer.

A ellos no les importó nunca que yo la quisiera y parecía que más bien les parecía gracioso, a todos les pareció gracioso, y de pronto ella frecuentaba la casa y yo escuchaba como Sebastián se deshacía en sus brazos del otro lado de la pared que nunca fue suficiente para ahogar los gemidos de ella, las frases de amor de cama, los ruidos que hacía el perfecto hermano mayor con mi primer amor de la vida en el colchón que crujía con los sudores y los ruidos que interrumpían la siesta de la tarde de la casa.

Entonces también Matilde se merecía un poco que Sebastián tuviera esa tos, esa forma de hablar ronca diciendo que tenía que volver al gimnasio, volver con ella, hacer ejercicios, ayudarle en la casa a mamá y ver las flores, esas malditas flores que parecían florecer con sólo su deseo de hacerme ver mal. Y mamá con su favoritismo también se merecía un poco esa tos que le apagaba los ojos de a poco, él queriendo siempre abrazar a todo el mundo y diciendo lo mucho que nos quería, si venite Diego que tenés que cuidar las margaritas, esperar a que el sol se baje un poco y rociarlas con agua perfumada, y yo asintiendo, que si sebas que yo sé, no te preocupes por las flores esas que yo las cuido, yo también sebas, deja de hablar que te ponés peor, si hermano yo también, descansá…

Y entonces ahora en lugar de los gemidos de Matilde lo que se escuchaba en la siesta era el silencio profundo de tarde caribeña, el sentirse pegajoso del clima, el sudor insoportable afuera, las margaritas que no se levantaban con toda el agua perfumada del mundo, y la tos necia de Sebastián en el cuarto del fondo, con la mano de su novia agarrada y creyéndose inmortal, sudando toda la vida, empapándose en su propia muerte de sudor, con la camisa y el pantalón pegados al cuerpo, y como sudo mamá, no me he recuperado bien pero apenas pueda te riego las margaritas y tose y tose.

Y de pronto nos visita latía lejana, atraída por el hediondo olor de las malas noticias, sabiendo en el fondo que ese Sebastián sobrino suyo no se va a levantar de esa cama donde la puta tos lo tiene en los huesos y viene a despedirse sin decirlo, a sentarse en la mecedora de afuera para estar ahí cuando el último soplo se lo lleve. Y ahí estuvo hasta que sucedió.

Sebastián murió una tarde de martes, el verano se apagó desde las 12 y una gran nube se posó sobre el pueblo y bajó el calor de mediodía. Le agarró la mano a su Matilde y le dio unas instrucciones sin sentido para encargarse de las cosas de la casa. Ya balbuceaba un idioma extraño cuando entramos a su cuarto y sólo quedaba una sopa de cuerpo que jadeaba con cada vez que tosía y se iba lejos, hizo a conversar con nosotros, a decirnos algo, pero al final terminamos asintiendo para que no se fuera con ninguna preocupación a pesar de que no entendimos nada. Sebastián tomó la posición de un bebé y cerró los ojos para no volverlos a abrir mientras su cara recobraba los rasgos de perfección que le habrían de durar hasta la última vez que lo viéramos entrando en una caja de concreto de la cual no volvería a salir.

Lo enterramos el miércoles por la mañana luego de que el sol volvió y nos ensopó en una tarde de caminar detrás del carro que llevaba el ataúd. Adelante caminábamos Matilde y yo justo un poco delante de mamá, y detrás de nosotros todo el pueblo que amaba a Sebastián lo fue a despedir.

Matilde se vino para la casa unos días después, a luchar con la maleza que se apoderaba de las margaritas, a echarles agua y exponerlas sólo la cantidad necesaria al sol y a la brisa del mar aunque no funcionó como lo hacía para Sebastián, y terminó por dejarlas botadas y comenzar a buscar hacer otras cosas para no alejarse de la casa nunca. Hablaba con mamá, iba conmigo al gimnasio o a algún bar y si no le quedaba otra opción se sentaba con la tía en la mecedora a ver el mar y la vida pasar.

La tía se enfrascó en un silencio extraño, mamá también, Matilde caminaba por la casa en una especie de mutis que la reducía y unos días después la hacía parte del decorado de la casa. Yo tenía más libertad sin los ojos de Sebastián vigilándome y juzgándome y me dediqué a salir a los bares y a fumar pocos de marihuana cuando estaba muy aburrido, aprendí a tomarle gusto a otra nueva vida que se abría a mí y que estaba lejos de la casa que algún día pensé mía.

Matilde al principio me molestaba mucho, especialmente a la hora de la siesta, porque se acostaba en la cama de Sebastián y lloraba sin dejarme dormir. Yo no hacía nada más que pensar en la forma en que pudiera hacerla callarse, que se callara y se fuera del mundo,  un poco como Sebastián que ahora es una sombra entre la maleza que quedó en las flores  y en la casa.

Todo empezó una tarde de viernes, cuando había un olor extraño como a limpio en la casa, mi mamá y tía trabajaban limpiando los pisos y sacudiendo los muebles, abriendo las ventanas y dejando que todo se ventilara. A mí me entraron unas ganas extrañas de arrancar la maleza de las flores y echarles un poco de agua como lo hacía Sebastián, y así lo hice hasta que quedaron lo más parecido a bien que habían estado en mucho tiempo y luego pude seguir descansando.

  Unos días después fue la tía, con esa mirada extraña que me dijo que tenía los ojos iguales a los de Sebastián cuando nosotros siempre hemos sido tan diferentes. Y yo que me veo en el espejo y es como ver sus ojos observándome y todo es tan raro. Y las flores comenzaron a florecer y se las podía llevar a mamá que ya no estaba triste y ahora cuidaba un poco de Matilde que siempre lloraba en las tardes y ahora en las noches sin dejarnos dormir.

Un día nos quedamos hablando hasta tarde, y luego ella se fue a acostar y lloró desconsoladamente. También me decía que mis ojos se parecían a los de él y que nunca lo había notado. Entonces yo la llamé y esa noche la abracé mientras lloraba y pude dormir un poco mejor.

Así pasaron los días, yo haciendo las cosas como las hacía siempre Sebastián, viendo a mi tía que cada día decía encontrarme algo en lo que me parecía más a él y a mamá que volvía a cantar como antes mientras olía las flores. Matilde seguía llorando a la siesta, a la noche y cada mañana cuando despertaba, pero ahora dormía abrazada a mi mientras yo seguía odiando que llorara de esa forma y buscaba una forma de que se callara. 

Después de un tiempo pensé que no podría callarse, pero una noche, cuando me abrazó y comenzó a llorar, yo la besé muy fuerte, sólo para que ella se callara y dejara esa estúpida manía de llorar todo ese tiempo, y ella me besó y empezó a recorrerme con sus manos, y a dejar de llorar de a pocos mientras se desnudaba. Después yo me encontraba desnudo y ella ya no lloraba y todo estaba calmado, y sólo eran sus gemidos que antes estaban del otro lado de la pared que ahora estaban en mis oídos mientras la penetraba y pensaba lo bien que se está cuando ella no llora.

A la mañana siguiente Matilde no lloró más, se levantó en mis brazos y me dio un beso antes de salir de la cama e ir a la playa. Y yo me mantuve un rato acostado en la cama. Cuando decidí levantarme caminé hasta la sala y me detuve frente al espejo un poco como algo normal. Cuando vi mi rostro, que ahora era igual al de Sebastián por completo, entendí que yo también me merecía un poco tener su cara y ser perfecto como solía serlo, además la familia ya lo había notado y a nadie parecía molestarle. Todos querían tanto a Sebastián y todo era tan simple como cuando él estaba vivo, tal vez a todos nos parecería gracioso en un tiempo y nadie extrañaría realmente al imperfecto de Diego.

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Steven Morales — Periodista y emprendedor, idealista del teclado y más allá. Es aficionado del Herediano,  LFC, How I Met Your Mother y de la pluma de Ana Istarú y Luis Chaves.
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3 comentarios

Me encantan sus textos, Mauricio. bow

Imagen de Larva Salvaje
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Empezó: 16 Dic 2011
Karma: 2498

Muchas gracias por leer  :), saludos.

Imagen de MauricioSgadi
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Empezó: 25 Feb 2012
Karma: 385

Magnífico relato.

Imagen de naranja
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Empezó: 26 Feb 2012
Karma: 81