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Memorias de días simples

Hasta que por fin se acaba la angustia. 

El estadio tiembla y se eleva a los cielos por unos segundos. Los aficionados están ante su momento más deseado. Liberan las frustraciones de la semana a través de un grito estremecedor que mezcla alegría y locura. Al costado de la cancha, un entrenador trata de aparentar calma, pero no lo logra. Para cuando se percata, ya está festejando con los integrantes de su cuerpo técnico. Todo esto ocurre mientras el árbitro señala el centro de la cancha. Es la hora cumbre. A mí, la carrera se me hace eterna. No sé adónde ir, pero sigo corriendo como un loco sobre la alfombra verde. Voy haciendo el avioncito. Todos me siguen. Escucho sus gritos en un tono muy bajo, como si estuvieran lejos. Lo veo todo en cámara lenta. Celebro el gol más importante de mi vida.

Qué bonito suena, pero en realidad omití algunos detalles. El entrenador era un profesor de artes plásticas. Hacía el papel de doctor, motivador, preparador físico, prestamista (para los limpios que querían comprarse algo) y padre de familia (para los que no llevaban permiso firmado). La cancha del lugar casi no tenía zacate. Cada vez que soplaba una brisa fuerte, los veintidós (en realidad no sé si éramos once contra once) teníamos que taparnos los ojos para impedir que el polvo en el viento nos cegara. El público estaba compuesto por compañeros de clase, algunos escapados. Se sentaban en un par de gradas que había detrás de una de las porterías. También estaban unas sillas por ahí, pero eran los restos de pupitres quebrados. No me acuerdo de haber visto al árbitro señalando algo, pero sí de que tenía un sospechoso olor a alcohol. Lo del avioncito es verdad. Lo del sonido y la cámara lenta, también. Lo del gol más importante no sé, aunque tiene que estar en el Top 5. No he hecho goles tan buenos. No sé si habré hecho cinco en total. Bueno, no importa. Yo soy defensa.

Y sí. Esa fue mi primera anotación con el equipo de la escuela.

Con diez años de edad, ya era experto en evitar la participación en clase. No es que no conociera las respuestas para lo que preguntaban, pero era mejor darles oportunidad a los demás. Trataba de no hacer contacto visual con la teacher y, si era necesario, fingía que estaba escribiendo mientras dibujaba una KF7 Soviet (las consecuencias de GoldenEye) en la mano del árbol rojo con azul que se veía por la ventana. Me aburría (y divertía) plasmando mi extraño arte en las últimas tres páginas de cada cuaderno. Sucedía cada semana, cada día, cada clase. Por eso es que, para mí, ir a festivales de otras escuelas era lo máximo. Salía de ese mundo por un rato.  

Uno de mis pasatiempos favoritos en clase.
 

Pasos rápidos en el pasillo. Venía alguien. Un par de golpesitos a la puerta. Permiso, profesora. Vamos para festival. Me llevo a los del equipo de fútbol.

Y empezaban los contrastes de emociones. Enojo en la maestra de turno. No le gustaba para nada que sus alumnos perdieran lecciones. Tratábamos de convencerla entre palabras del entrenador y promesas nuestras. Accedía, como siempre. Misma fórmula, mismo resultado. Envidia en los que se quedaban. Ninguno se burlaba de ellos, porque a la vuelta había que pedirles los cuadernos. Decepción en los que no traían el permiso para asistir. Qué papás más ejemplares. Seguramente sus hijos memorizaron bien la materia ese día y luego la escupieron exitosamente en el examen, como debe ser. No todos aguantaban las ganas de ir, por eso siempre viajábamos con al menos un par de aficionados. De los que nunca abandonan. Qué aguante, en las buenas y en las malas. Alegría máxima en los que se largaban de ahí.

El viaje en bus era un jolgorio. Chistes, cánticos, gritos. La pasábamos como Szykula cantándole a River. El profe usualmente estaba preocupado porque no se sabía bien la dirección del lugar. O porque íbamos a llegar tardísimo. Nos metíamos por unos atajos que sólo el conductor (o la mamá que iba al volante) conocía. Al final, nuestro equipo llegaba mucho más temprano que los demás. Por lo menos éramos primeros en algo.  

Chófer, chófer, más velocidad...
 

El partido inicial empezaba una hora o más después de lo anunciado. De todos modos, eso no le importaba a nadie. Había muchas cosas por hacer. Como ir a un puesto en donde vendían las famosas camisetas negras con estampados de Dragon Ball Z. Se abusaban con los precios (salía mejor comprarlas en la tienda china del Mall San Pedro), pero siempre era bueno pasar por ahí a revisar diseños y tallas disponibles. Uno nunca sabe.

No era necesario gastar dinero para comer. Después de jugar, nos repartían tiquetes válidos por un pequeño refrigerio. Era uno por persona, pero a veces sobraban y podíamos repetir. Algunos no tenían hambre y los vendían. Siempre han existido los que entregarían hasta la madre con tal de tener un poco más de plata en la bolsa. Lo cierto es que esos papeles con sello se cotizaban a buen precio.

Una de las atracciones principales era el laboratorio de informática, que estaba abierto para jugar. Yo ni siquiera tenía computadora en la casa. Nadie tenía. Estaba maravillado con la oportunidad de estar ahí por lo menos una media horita. Como teníamos un rato libre antes de los partidos, entré a ver. Y se me olvidó todo. Después, alguien llegó a avisarme de que me andaban buscando por todo lado. Ya el bus se iba de vuelta para la escuela. Un juego me había tenido enganchado toda la mañana. Ese día me fui sin mejenguear, pero valió la pena.

Todavía existía el misterioso botón de Turbo.
 

Teníamos un rival clásico. O eso creíamos. Una derrota contra ellos significaba que debíamos aguantar burlas por el resto del día. Eran unos sucios. Metían un delantero que nos llevaba por lo menos cuatro años, seguro que todavía les sigue ayudando con algunos goles. Tenían una cancha diminuta, en donde definitivamente no se podía jugar. Ahí, una vez hice un taquito por debajo del portero. La bola rodó y terminó dentro del marco. Un autogol pasado de fino. Qué clase de ridículo.

Generalmente regresábamos con medalla. La mecánica era más o menos así. Íbamos a un torneo con el ánimo al tope. Había cinco equipos participantes. Dos de ellos no llegaban. Perdíamos los partidos. Quedábamos de terceros. El viaje de vuelta era un velorio. Fue culpa mía, por haber pateado mal. Antes de llegar, alguien proponía que actuáramos como si hubiésemos ganado. Entonces llegábamos a la escuela, rajando con el bronce.

¿Quedaron primeros?
No, ganamos el tercer lugar. Ja.
¿Diay? ¿Qué pasó?
Jugamos como nunca, pero perdimos como siempre.
 

Hay muchas anécdotas. Por dicha, el recuerdo de aquel primer gol quedó bien grabado en mi mente. Claro que me hubiera gustado tener una foto (o video) que encapsulara el instante de gloria personal, pero en ese viernes a ninguno se le ocurrió llevar una cámara. Y tampoco en algún otro día. Porque no hacía falta. Todavía no se había inventado la necesidad de filmar todo, ni el smartphone. La mejor manera de retratar algo inesperado era disfrutando de la vida misma. Apreciando la simpleza del momento único. No había más.

Leonardo Pandolfi — Fue investigador de insectos en el kínder, artista en la escuela y periodista deportivo en el colegio. Le quedó un poco de todo. Se graduó como informático en su querida UCR. Vive entre artículos de opinión, partidos de fútbol y sesiones de rock clásico. Es socio de LDA desde el 2003, lo pueden encontrar sufriendo en Platea Este cada vez que juega su equipo.
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2 comentarios

Nada como la simpleza de esas cosas memorables. Identificada. 

¡Bravo! :D

Imagen de arrc
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Empezó: 28 Ene 2009
Karma: 83

"Todavía no se había inventado la necesidad de filmar todo, ni el smartphone. La mejor manera de retratar algo inesperado era disfrutando de la vida misma. Apreciando la simpleza del momento único. No había más." 

Excelente cierre. 

Imagen de NachoAzurdia
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Empezó: 24 Feb 2012
Karma: 11