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Auto-desidia

— No siento nada, y se siente bien.

— Explicame.

— No es tan difícil de entender.

— Entonces es fácil de explicar.

— Bueno. A ver. Presiento que alcancé el punto que necesitaba alcanzar para estar bien. Llegué al universo de la apatía no participativa. Acumulé animosidad y en algún lugar del camino me liberé de mi espíritu. No siento absolutamente nada. No siento amor, no siento odio, no siento enojo, no siento alegría, no siento paz, no siento caos, no siento siquiera la música la mayor parte del tiempo. No siento nada, y me siento bien.

— ¿Cómo es, exactamente, que la apatía te puede salvar?

— Es que la apatía está subestimada, o por lo menos está mal estimada. Pensamos en la apatía como el antónimo de la compasión. Yo puedo ser apático y tener compasión, al menos conmigo mismo. Porque cuando pierdo todo el interés en derrochar energías en todo aquello que quiero cambiar, tengo el mundo a mis pies. No tengo propósitos, no tengo objetivos claros, no tengo rumbo, y por más irónico que parezca soy más productivo. Como nada realmente me interesa, y como me gasto la vida buscando algo que me eleve, tengo que esforzarme más para encontrar los faros que me iluminarán por horas o por días o por años, pero claramente no por siempre.

— Creo que entiendo, pero -como es usual- no comparto.

— Hay un raíz que no sé si es tan fácil de comprender. La vida de los tipos como yo, si es que existen otros, se basa en una constante búsqueda por aquello que elimine el aburrimiento. ¿Qué digo? Todos queremos matar al aburrimiento; eso es lo que nos une como especie. Los minutos muertos nos deshilachan la existencia. Por eso pasamos de sentir tantas cosas a la vez a no sentir nada. Por eso nuestras vidas son altibajos constantes de emociones, y no hay mucho que podamos hacer para enfrentar la pérdida de toda pasión, el drenaje de todo sentimiento. Eso es... inevitable, por decir lo menos. Es como si desarrolláramos tolerancia a la conmoción, y cuando alcanzamos el tope nos sabemos incapaces de superar la barra. De ahí en adelante, aprendemos que los momentos en los que algo nos mueve fibras, para bien o para mal, hay que aprovecharlos, pues no llegan siempre. Tal vez por eso tomamos y nos drogamos, o vemos futbol, o escuchamos cumbia. Porque nada más nos mueve.

— Retomemos lo primero que dijiste apenas entraste. Recordá que ni siquiera saludaste. Solo dijiste: “No siento nada, y se siente bien”. Y me parece que, entonces, sí sentís. Algo sentís.

— Siento… nada. Hay un vacío eterno. Por lo menos mientras brilla el sol. Te dije que vivo en el universo de la apatía.

— Pero la disociación te transporta a otros sentimientos, otras emociones.

— ¿Te acordás de María? Te he hablado de María. María fue la persona que se fue de mi vida, por mi culpa, sin estar yo siquiera al tanto. No sabía. Una mañana le abrí el portón y jamás volvimos a hablar. Ella tenía un problema con el agua caliente, y yo también, pero nuestros problemas eran disonantes. No tenían armonía. Y cuando se fue me provocó algunos de los peores días, y me tomó muchos años concluir que era mejor así. Que si yo no sé cuándo hacerme a un lado, lo mejor es que la otra persona lo haga. Ahora, cuando alguien se va, solo me cago de risa. Hace seis o siete años quería que alguno de los dos estuviera muerto. Quería que tuviera algo de sentido doler la pérdida de quien sigue en pie, pero no conmigo. Entonces, sentía algo, sentía algo horrible. Y a veces sentía algo hermoso, pero eran las menos. Tuve que arriesgar esos pequeños lapsos de alegría para despojarme de los años de miedo y fracaso. Si no siento nada, no puedo sentir ninguno de los dos polos. Todo lo que venga ahora será orgánico y perecerá por curso natural. Con el alma blindada, soy capaz de jugar el juego sin arriesgar mi inexistente integridad. Porque nada lo podía hacer solo, porque siempre se trataba de yo contra el mundo y por el mundo que me agobia. ¿O debería decir agobiaba? Ahora soy un desastre controlado.

—No sentís nada, y te sentís bien.

Suena.

Alessandro Solís Lerici — Es periodista. En 104.7 Hit fue locutor y co-productor de los finados programas Colapso. y El Chivo. Colaboró en labores de redacción y edición en 89decibeles. Le gusta organizar conciertos y podría decirse que su actividad física es jugar a tocar batería. Escribe de entretenimiento para el periódico La Nación.
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