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La enfermedad en nosotros

Cuando hablo de mi depresión procuro hacerlo con humor.

Con 22 años me ofrecieron un trabajo de noche. Basta decir que no pude rechazarlo ad portas: por ser joven uno a todo se acomoda, por inexperimentado uno no se puede dar el lujo de ser delicado.

La primera semana de horario nocturno fue la peor. Me había pasado de casa, a vivir sola, y cuando lograba adormecerme un desgraciado gallo y la jauría de perros de un vecino comenzaban a despertar a todos mis vecinos que sí tenían horarios diurnos.

Dormir poco esa semana fue una pesadilla. Primero, era como tener en los ojos un filtro amarillento y permanente sobre todas las imágenes; segundo, estaba tan cansada que de repente olvidaba qué estaba haciendo justo en el momento en que lo estaba haciendo (o sea, me comí más de un pedazo de dedo en el almuerzo, palabra).

Para el viernes había pactado una entrevista en una institución pública y tomé un taxi para llegar. En brazos llevaba un abrigo muy grueso porque al salir de madrugada del trabajo me congelaba. Me adormecí todo el viaje, cortísimo por cierto, porque tomé el taxi por pura fatiga.

Cuando llegamos el taxista dijo el número de la ‘maría’ pero no lo entendí. Lo repitió, seguí sin visualizar mentalmente la cifra: como si oyera ruso. Como iba con prisa, le puse en la mano un billete grande y salí a esperar el vuelto.

Obviamente me ganaron el vuelto. Me quedé esperando procesar lo que había pasado, particularmente porque ya no tenía el abrigo en la mano. Me eché a llorar al no verlo. Sonora y moquientamente me eché a llorar en frente de un edificio público antes de una entrevista. Me convertí en un tubo al que no le podía cerrar la llave.

Siempre me ha pasado. Me cuesta menos llorar por las cosas pequeñas. Explíquenme: ¿cómo llora uno por no haberse graduado de la universidad cuando debió hacerlo? ¿cómo se llora cuando siendo periodista se olvida el cómo escribir bien una noticia? ¿Cómo se llora por sentirse tan inútil de no poder cuidarse a uno mismo de un miserable taxista?

Más fácil llorar por el abrigo.

En mi última depresión me obligué por primera vez a decirlo en voz alta. Claro, primero me costó un año entender que estaba deprimida.

Por una experiencia previa en la que básicamente pasé 6 meses sola encerrada en mi cuarto viendo animé antes de entrar a la universidad, me dije a mí misma que esta vez la depresión no me iba a pillar sola (ni viendo animé). No iba hacer de este un tema denso e intocable.

Salía a comer con una amiga, ¡bam!, le salía en medio de un bocado con que estaba deprimida. La conversación se desviaba, yo era el centro de atención: abrazo, beso, “fuerza, no se deprima”, las cosas con las que uno está programado para hacer que la otra persona se sienta mejor.

Toqué pared con varios. Nada más inocente que considerarme la única veinteañera con moral baja, crisis existencial, apatía social y prácticas auto destructivas.

Se me fueron presentando otro montón de inseguros sobre la calidad de su educación universitaria, escépticos sobre la integridad del mundo laboral en el que les tocaba insertarse después del bachillerato. Dudosos, sobre todo, de que todo el engorro valiera la pena.

En retrospectiva, quizás eso fue lo más rico de todo el proceso. Pero cuando uno está concentrando lamiéndose heridas, realmente sólo el primer plano ocupa el perímetro de visión. Es decir, uno mismo.

Estoy deprimida. Estoy deprimida. Estoy deprimida.

¿Saben eso que pasa cuando uno de repente repite o relee una palabra, una y otra vez, hasta que pierde su significado original y se convierte en pura fonética rebotando en nuestras bocas?

Las primeras veces que se lo dije a gente cercana, yo lo creía y lo entendía. Decía “Estoy deprimida” y sí, lo estaba. Ya después, repetir la misma frase sin explícitamente pedir ayuda se convirtió en una vulgar apología.

En mi cabeza habían dos Natalias. La Natalia que ese día habría llamado a la compañía de taxis, pedido hablar con el supervisor y hubiera regresado triunfante con el vuelto y el abrigo; y la Natalia que llegó hecha un caos a la entrevista y finalmente abandonó ese reportaje porque no se sintió capaz de terminarlo nunca.

Me hice en esos meses buenísima dejando cosas botadas. Con mucha gratitud ahora pienso que una de ellas no fue mi trabajo porque pude, hasta cierto punto, valerme sola.

Durante ese tiempo percibí el mundo como si cargara encima una película de agua sucia muy fina pero densa, visible ante todos e imposible de secar. Veía a la Natalia enferma cagarse en todos los méritos que le atribuía a la sana y no la podía detener.

Así fue como la depresión en algún momento se convirtió en una burda excusa para poder dividir esas dos versiones de mí misma y pedir perdón/perdonarme con más facilidad.

Ahora ya no me pesa despertarme. Ya no siento que mi cuerpo me arrastra por la rutina. Tengo cierto control sobre las cosas. Puedo hilar ordenadamente un par de ideas y escribir un texto relativamente coherente y fluido. Ya me baño todos los días, 'chas gracias.

Sigo sin entender el sinsentido de muchas cosas (¿vivo para gastar oxígeno o realmente trascenderé de alguna forma mágica que aún no se me ha revelado?), pero al menos ya no me siento mortalmente sofocada por resolverlo a corto plazo.

Uso esta columna para ir cerrando un espacio de tiempo que me consumió mucho. Contabilizo poco más de dos años.

Ya no veo dos Natalias. Nunca hubo una versión sucia, enferma, quebrada, o cualquiera de los adjetivos que me cruzaron la cabeza cuando me veía al espejo antes de regresar a la cama a las tres de la tarde.

Hay una Natalia que es un paquete muy grande de cosas que todavía no entiendo cómo se usan. Venía sin manual. Qué se le va a hacer.

Nat Díaz — Dedicada en el tiempo libre a los placeres de los libros, la cultura pop, el Internet y la buena discusión. Se autoproclamó atea a los 12, existencialista a los 15 y feminista a los 18. Es periodista del periódico La Nación.

Uno de los obstáculos más grandes en el manejo de la depresión es el hecho de que muchísima gente no sabe realmente qué es la enfermedad.  En la calle, la gente dice "Estoy deprimido/a" queriendo dar a entender que están tristes, melancólicos o algo así.

Es valiosísimo cuando gente elocuente y valiente, como usted, nos cuenta la realidad de la depresión.  No se trata de estar triste.  Es más parecido a estar paralizado.  Y lo más importante, es una serie de reacciones químicas en el cerebro.  No es una cuestión de actitud.

De verdad, muchas gracias.  Espero que algún día se borre el estigma y podamos hablar de la depresión como se habla del asma.  Decir cosas como: "Soy depresivo, tomo tratamiento, la mayor parte del tiempo todo está bajo control, pero a veces hay crisis.  Así es la vida."

 

Imagen de Enrique Coen
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Empezó: 16 Sep 2013
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"Hay una Natalia que es un paquete muy grande de cosas que todavía no entiendo cómo se usan. Venía sin manual. Qué se le va a hacer."

Buenisimo !!!

 

 

 

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Empezó: 11 Abr 2012
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