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27 horas en un Greyhound

Hubo un día donde dije: “Mae, la verdad es que agarrar un bus de Florida a Dallas no puede ser tan terrible” —craso error. 

Tal como lo dice el título, atravesé el sureste gringo en bus. Más o menos como lo hizo Robert Frank, pero sin el patrocinio de la Guggenheim, o con la compañía de Jack Kerouac. Pero todo viaje es una aventura, y a pesar de las largas horas, siento que puedo contar con orgullo, que me mandé valiente en un Greyhound.

Para contextualizar, hay que partir de ciertos hechos:

  • En EUA los roadtrips son muy populares y pueden tomar semanas
  • Aquí todo el mundo tiene su propio carro
  • Esta es una sociedad que no le da el valor necesario al servicio de transporte público, y mucho menos si es interestatal. (En serio, ¿qué pasó con el tren? Los westerns y la Doctora Quinn me engañaron).

En fin, acá agarrar un Greyhound es como medio estigmatizado. Varios de mis amigos yankees me advirtieron de los peligros de viajar en bus: no sabía a lo que me estaba mandando, que tuviera cuidado. Después del susto inicial, la verdad, además del aburrimiento implícito (en serio, ¿qué hace una metida 27 horas en un bus? No hay libro que aguante) no fue tan trágico el asunto.

Lo que pasa es que una como tica, la verdad estoy mal acostumbrada a viajar distancias razonablemente cortas. Seamos honestos: Costa Rica es muy fácil de recorrer, y si duramos horas para llegar a Puerto Viejo, es más por una cuestión de infraestructura (gracias MOPT) que por otra cosa.

Esta no era la primera vez que viajaba del suampo más grande del mundo al estado de la “Estrella Solitaria” y sé por experiencia propia, que el viaje en auto dura aproximadamente 16 horas. Qué si le ponés las paradas necesarias en lugares bonitos (ponele que Houston o Nola) la verdad es que es un viaje hermoso. Creo que por esta razón subestimé al bus, “diez horas más, diez horas menos, quien dijo miedo”... lo que pasó, es que a su servidora, se lo olvidó que el tiempo es relativo.

Manejar en Costa Rica distancias “largas” es entretenido hasta cierto punto. El paisaje cambia, hay montañas, llanuras, el clima es distinto en cuestión de kilómetros, y las curvas mantienen a cualquier narcoléptico despierto. Pero en el sur norteamericano TODO es igual por miles y miles de kilómetros. Son carreteras en línea recta, que cruzan campos y planicies. Se ven un montón de vallas publicitarias que anuncian cosas como “Crackel Barrel” (restaurante de roadtrip por excelencia), “Cristo viene pronto”, “Bring our Troops back”, lugares para acampar, moteles cercanos y uno que otro nightclub. Y eso damas y caballeros, es lo único que le da variedad al paisaje.

Es muy fácil dormirse en el bus por unas buenas 4 horas, abrir los ojos y decir “Mae, ¿qué diablos? Sigo en exactamente el mismo lugar desde que salimos de Alabama”.

La gente que viaja en Greyhound es particular. En el camino conocí un poco de todo: desde la pareja que decidió dejar todo botado en algún lugar de Florida, para agarrar lo que cupiera en la mochila y emprenderla ruta a Colorado “The land of the free” como la llaman, mientras hacen un claro gesto de fumar una tocola. O el tipo súper amigable, que nunca dejó de sonreír, por que después de volver de Iraq, se encontró desempleado por un par de años hasta que por fin consiguió brete en una petrolera en Odessa, Texas. Mi favorito es el chamaco mexicano que iba sentado a la par mía, juro que no tenía mas de 16 años, y que iba viajando a Dallas con su mamá, ya que algún pariente octogenario estaba de cumpleaños y se iba a armar un fiestón de proporciones bíblicas. A todos ellos los recuerdo, porque en algún momento compartimos conversaciones y/o comida. El chiquillo mexicano me regaló un Powerade, con el veterano compartimos unos chicles, y con la pareja unas barritas de chocolate derretidísimas con mantequilla de maní (que me supieron a gloria).

Pero de todos, el pasajero más épico, fue un pobre diablo, que asumo yo, llevaba una pachita para knockearse durante el viaje, pero terminó reducido a un borracho necio. En el camino hacia a Atlanta, la chofer del bus paró en una gasolinera, y ya un poco harta, lo hizo sacado al mejor estilo del Tío Phil cuando de Jazz se trataba.

Las estaciones son un escaparate de toda clase de personas: Rednecks con banderas confederadas o “white trash” tatuado en los nudillos, copias al carbón de 50 Cent, familias enteras no hablan inglés, uno que otro train kid... El sueño de cualquier antrópologo.

Decir “que bonito todo” no aplica. Pero es un experiencia que pone en perspectiva lo que conocemos y esperamos de la Yunai. No es Disney, ni una Nueva York vertiginosa. El el sur profundo, aburrido, cotidiano, cristiano. También es el sur amable, desposeído y olvidado.

Y a todo esto ¿por qué tomar este bus en primer lugar? Básicamente, ocupaba tomar un avión a Corea y me salía US$700 más barato salir desde Dallas que desde Orlando. Lo que significa que todavía me quedan otras 27 horas de viaje por cubrir. Sinceramente, no estoy muy emocionada al respecto, pero es lo que hay.

Veámoslo por el lado positivo: otra historia de viaje más, que tal vez valga la pena contar.

Cristina Robles — Productora audiovisual y fotógrafa.Entre otras cosas, soy ñoña solapada y una ciclista urbana algo temeraria.  Portafolio Facebook Instagram Twitter
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