Imagen de Anónimo

Login


Volver

Decía Cerati que decir adiós es crecer.

México

Creo que la última vez que me senté a escribir fue hace unos meses. Por mi cabeza han pasado varios enfrentamientos al teclado, pero traer las vísceras al papel se me complica.

Dejarte, México, cuando por fin me adoptaste fue en parte una grosería. Los colores, los olores, el caos. Los altares en los barrios, la lucha libre los viernes, mi pizzero de cabecera. El metro atascado, los tacos de la esquina, el güero de Guadalajara.

Implicaste que por primera vez en mucho tiempo, creé un sentido de pertenencia y de comunidad. Donde encontré gente que dejó su casa cinco países al sur y uno al norte, para convertirnos en familia.

El sentir que por fìn hay un lugar que es mío, he irse. ¡Vaya nudo en la garganta!

Dejarte, además implicaba una escala técnica. En junio volví a Costa Rica después de casi tres años fuera, y sólo para enfrentarme a mi cuarta migración. Esta vez crucé el mar y me fui para otro continente.


Costa Rica

El vértigo de volver: todavía estoy lidiando con ello. No había terminado de salir del avión cuando la humedad del 90% se apropió de mi cabello. Solito sentí donde subía dos centímetros sobre mi cuello y rápidamente las alergias atacaban mi cuerpo.

A la salida del aeropuerto me esperaba mi primo; era la medianoche. Recorriendo la carretera de vuelta a Chepe abrí un poquito la ventana, ese olor a tierra mojada, el aire fresco (ese del que las abuelitas siempre le advertían) subió por mi nariz y me llegó hasta el fondo del cerebro. Como que volví a sentir neuronas que desde hace un tiempo dormían: las despertó la tierra mojada.

Llegué a mi casa. La de siempre. Mi primera impresión fue que nada había cambiado. Álvaro, el guarda del vecindario seguía ahí, como todas las noches desde hace al rededor de diez años. Se escuchaban los grillitos del parque, inclusive el gato gordo del vecino estaba en nuestro patio mirándome volver, como diciendo “cabrona, ahora si la rutina está completa, meow.”

Me abrió la puerta mi hermanillo. Después de tanto tiempo, sepa Judas en qué país dejé botadas las llaves de mi casa. Estaba somnoliento, claramente se había quedado dormido esperándome. Mi otro hermano estaba dormido desde hace varias horas. Entré calladita a la casa, crucé la sala y abrí la puerta de su cuarto. Fue como un sueño; apenas entendiendo lo que pasaba, nos fundimos en un abrazo, me dijo “bienvenida mopcilla” y en cuestión de segundos se quedó dormido en mis brazos. Se me derritió el alma.


Chepe

Lo más impactante de volver es que todo sigue igual. Me fui dos años y medio, y seguía todo como si le hubiera dado pausa al país, y de pronto le di play al cassette empolvado. (Si, cassette). Los mismos buses, los mismos vendedores ambulantes, los mismos bares, hasta los mismos malabaristas del Morazán.
Yo llegué a CR un lunes a media noche. El martes me desperté temprano, mis hermanos y yo desayunamos y luego cada quien a sus asuntos: ellos para la U, yo a enfrentarme a la burocracia estatal costarricense. Al montar el bus, el chofer era ya la primera cara conocida con la que topaba esa mañana.
“Ay muchacha, ¡tanto tiempo! ¡Que bonito su sombrerito!” - Sí, él se acordaba de mí. Con una sonrisa perpleja, pagué los 300 colones, me senté en el fondo del bus y me dediqué a contemplar el boulevard mientras subía a Chepe. De pronto hay una nueva Musmani, pero siguen las mismas peluquerías, Plaza Mayor (que bueno, ahora tiene de nuevo funcionando el cine) un par de edificios nuevos llegando a la sabana, una manifestación frente al ICE, el caos de entrar a Paseo Colón y mi parte menos favorita de Chepe: La coca cola. Aguacates caros, tranza, el olor a fritanga y pollo de bombillo, calles sucias con alguna ramita de cilantro que se le debió haber caído a algún ambulante cuando salió corriendo al ver a los municipales. Todo tal cual lo había dejado.

No tuve que pasar mucho tiempo en Chepe, cuando antes de medio día ya me había topado a toda la chiquillada: Matarrita, Pablo, Diego, Roberto, mi tía, Cesar, Rafa. Intensidad nivel: “llevo dos años sin verla”. Ya se imaginarán.

Caminando por la Avenida Central, iba maravillada ante la cotidianidad de la ciudad. Parecía turista (y de pronto lo era) ya que me di cuenta que ese sentido de apropiación, lo había perdido el día que tomé el avión para irme a Buenos Aires.

Ya Chepe no era mío. Tal vez es que nunca lo fue. Ese espacio ahora le pertenece a las mismas personas que dejé atrás. Las mismas que todos los días se levantan para atravesarlo, odiarlo y amarlo. Por que en la raíz, todos sabemos que hay potencial y talento. Pero con la dignidad del caso, me tocó aceptar que yo estoy física y mentalmente en otro lado.

Cristina Robles — Productora audiovisual y fotógrafa.Entre otras cosas, soy ñoña solapada y una ciclista urbana algo temeraria.  Portafolio Facebook Instagram Twitter
3128 lecturas