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Ver y no tocar

Una vez me tocaron las tetas en plena vía pública.

Iba camino a tomar el bus de 6 AM en mi primer año de universidad, con Natalie Imbruglia reventando el flamante walkman negro, cuando divisé a un tipo que trotaba en dirección opuesta. Haciendo gala de urbanidad, me corrí hacia el lado interno de la acera para que el otro tuviera espacio suficiente. Vean si es ambiguo el lenguaje corporal, que el gesto de buena voluntad trocó en invitación para agarrar con fuerza mis pechos estupefactos y seguir corriendo como quien no quiere la cosa. Todo en cuestión de segundos.

Ahí me quedé. Varada, entre asustada y colérica, esperando que una mano saliera del cielo y aplastara cual botoneta al sinvergüenza. Ahí me quedé, jurando que si había una próxima vez, tendría el coraje para reaccionar diferente. Me veía correteando al culpable para luego estallar su cara contra un poste, mientras una turba enardecida recogía sus dientes para hacerme un collar.

La próxima vez me tocaron el culo. Uso estos términos porque así lo sentí; si dijera “senos” y “glúteos” tendría una connotación respetuosa, casi sensual, y no fue ni la una ni -mucho menos- la otra.

Nuevamente iba caminando en horas de la mañana cuando un mocoso hizo contacto con mi retaguardia, apretó, y en franco homenaje a su colega trotador, salió corriendo. En esta ocasión alcancé a gritar IMBÉCIL con toda la potencia de mis pulmones, y aunque un par de valientes hicieron el intento de perseguirlo, el puberto fue más hábil y rápidamente se escabulló rumbo a Fátima. Taquicardia y voz quebrada por el resto del día.

Es lo más cerca que he estado de una violación. Aunque jamás podría equiparar esas experiencias a un crimen sexual en su sentido más vil, sí creo que fueron agresiones que merecían sanción. Se sintió aterrador, desde el hecho de verme sorprendida en los escenarios más cotidianos y en buena teoría seguros, hasta la frustración de presenciar con cuánta facilidad los antisociales lograban salirse con la suya. Mil veces habría preferido quedarme sin walkman.

Ignoro si aún se utiliza el término, pero recuerdo que de pequeñas nos advertían de los sátiros. La enagua de paletones apenas salía del aplanchador cuando ya había que preocuparse de viejos feos haciendo gestos obscenos que no llegábamos a entender, pero que sabíamos estaban mal.

Anécdota curiosa. A principios de los noventas, un titán herediano era vanagloriado por aquel taquito mitológico que culminó en el primer gol tico en la historia de los Mundiales. Lo que pocos sospechan es que el mismo sujeto fue famoso mucho antes en los pasillos de la escuela Rafael Moya, no por mago del balón, sino por samueleador de niñas. Si ya no se puede confiar en los ídolos de Italia 90 y los éxitos del chiqui-chiqui son todos plagios, ¿es que acaso queda algo sagrado?

Aclaro: no tengo un físico espectacular, ni una cara tradicionalmente bonita. Mi pelo corto se abomba a la menor señal de agua y al día de hoy batallo contra el cutis graso. Tampoco tiendo a vestirme con ropa ajustada, escotada ni con la frase Daddy's Princess estampada en la pechuga. Uso zapato bajo y camino ligeramente jorobada producto de interminables horas frente al monitor. Háganle cuentas al bicho.

Aún así, rara vez escapo a que me griten sandeces cuando voy por la calle. Y a pesar de que han pasado casi veinte años desde mi debut como víctima del lenguaje cochino (te voy a poner en cuatro NO es un piropo), una jamás se acostumbra. Tampoco es cierto que muchas mujeres lo merezcan "por vestirse provocadoras", como dijo ayer un señor en un programa de radio.

Entonces sí, me sabe en el alma que le clavaran cuatro años de cárcel a Luis Enrique Sossa Maltés. solo89-16.png

Angélica León — es una herediana que divide su tiempo entre libros, repostería y estrategia digital. Piensa que la vida tiene mejor color cuando se recorre en bicicleta. En caso de dudas existenciales, se pregunta Qué Haría Tina Fey.
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